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lunes, 8 de julio de 2013

EL CASO DE LA JARDINERA INCENDIADA

A mis balseras y balseros

Desde lo más alto del elevador hidráulico, el bombero Sandokán —greñas negras y barba espesa como un boscaje tropical— remató la faena inundando de agua la terracita. Cortó el chorro de la manguera, la retiró y, con gestos elocuentes, pidió que lo bajaran, que ya estaba todo controlado. Mientras el elevador, en efecto, bajaba y el bombero Sandokán se acercaba progresivamente al nivel de calle, un público de mirones, muchos, los más, clientes ocasionales de las terrazas vecinas, prorrumpió en un aplauso cerrado. Sandokán levantó sus brazos en señal de victoria y de agradecimiento.
—¡Viva el cuerpo de bomberos! —voz de mujer.
—¡Viva tu cuerpo serrano! —voz de hombre.
—¡Viva el cuerpo nacional de policías! —voces varias.
Saltando Sandokán acrobáticamente a tierra, provocando así el susodicho que arreciaran los aplausos y los ‘¡vivas!’, los numerosos agentes presentes, nacionales y locales, no así los bomberos, se volvieron confundidos hacia quienes aplaudían o gritaban, o aplaudían y gritaban, que es lo más lógico. ¿Qué por qué confundidos, o incluso desorientados, que para el caso..., y no nerviosos, o mosqueados? Pues porque en los últimos tiempos no proliferaban en el país exteriorizaciones de reconocimiento hacia su presencia garante. ¿Garante? ¿De qué? Sí, garante de la defensa precisa de la ley y el orden. ¿’Defensa precisa’? Bueno, más bien ‘aplicación rigurosa’. ¿Como la aplicaría un juez justo y legal? ¡No, no, que demasiadas veces la ‘aplican’ a palo y tentetieso, o sea, que llevan a cabo una ‘cruel aplicación’ de la ley y ‘su orden’! ¿Con una punta incluso de sadismo? ¡Eso, con sadismo! ¡Joder, si alguna vez...! Por ejemplo, una manifestación por la nacionalización de la banca. Imagínense cien mil, doscientas mil personas, tropecientas mil almas... Y los polis, en las aceras, jalonando el recorrido previsto, como, pongamos, los soldados cubren la carrera procesional del Corpus en Toledo ciudad. Polis a un lado y otro de los manifestantes, velando por la seguridad de los mismos, dispuestos a identificar a los provocadores si los hubiera y a neutralizarlos. ¡Pues no señor, siempre antidisturbios, pertrechados hasta el culo, con cascos, viseras y escudos, formados como cohortes romanas ‘frente a’ los manifestantes, no sea que pretendan arrimarse demasiado a la fachada de tal o cual banco, o a la de la Bolsa de Madrid! Así que los agentes, que habían presenciado también la acción de los bomberos, y que escuchaban los aplausos y las aclamaciones del gentío, no debían de dar crédito a ver lo que veían y a escuchar cuanto escuchaban. ¡Y esa gente, estarían de coña, porque sería tan extraño...!
—¡Viva tu cuerpo serrano!
—¡Viva el cuerpo de bomberos!
—¡Viva el cuerpo nacional de policías!
Quienes compartían cerveza y primavera en las terrazas entoldadas de la avenida, los animadores de aplausos y gritos, habían percibido, media hora antes, o tres cuartos, el olor a chamusquina. Pero no alcanzaban a descubrir el foco que lo causaba. Hasta que un fulano abandonó su sillón, salió de debajo de la lona y movió la punta de sus napias, que no cesó de olisquear, a derecha y a izquierda, atrás y adelante, a la altura de su jeta y más arriba, barriendo entonces las fachadas de los edificios.
—¡Allí está! ¡Coño, es una jardinera de plástico! ¡Y el toldo, casi echado! Como se prenda, arde el edificio.
A medida que los clientes dejaban por un momento sus sitios para constatar que, efectivamente, se trataba de una simple jardinera, el 112 comenzó a recibir llamadas, que hay fuego en una vivienda, aquí, en tal ciudad, en la avenida de cual, a la altura del número no sé cuántos, ya, ya, si lo sabemos, han llamado varias personas, ¡y lo que te rondaré..., que no se le presenta a uno todos los días la ocasión de llamar al 112 por una urgencia que no le concierna en lo personal, como un acto de civismo!
Total, que al poco rato, tres coches de la policía nacional, y números por doquier bajándose de ellos, yendo de un lado a otro, y toda la policía local disponible en aquel momento, otros cuatro o cinco vehículos, la avenida cortada, el tráfico desviado, los destellos azules o rojos de los coches patrulla, intermitentes u oscilantes como los de un faro guardacostas. Y enseguida, el camión de los bomberos, la sirena que lo anuncia con su alarmante efecto Doppler, un chillido agudo e interminable, de penetrantes agujas sonoras para los oídos más sensibles, para los cerebros menos resistentes al pandemónium urbano, y los chirridos de los neumáticos con sus escandalosas frenadas.
Y todo, por una jardinera de plástico.
—Eso pasa por fumar en la terraza.
Contundente la frase, cargada de razón sin duda. Una voz entonces se adelgazó, como para afeminarse y remedar mejor el reproche o la queja de una dama que estuviera hasta las narices de lo que hubiera sido en otro tiempo su hombre preferido.
—¡Anda, que cuántas veces te lo habré dicho, que te vayas a fumar a la terraza, que luego huele todo a tu tabacazo, las cortinas, los sillones, y me paso horas con el amoniaco...!
—Mira, encanto, si tú prefieres hacerte la ‘hombre’ fumando, pues, ¡hala!, a la terraza. Yo no aguanto tu humo, me ahogo, y no quiero morir de tu cáncer de pulmón.
En esta ocasión se trató de una voz gravemente afectada por el intento de burlarse del macho.
—¡Piltrafa, hijo, que estás hecho! ¿Y tu halitosis, qué?
—¿Y tus sobaqueras, que no hay un dios que tome un ascensor contigo?
En fin, ¿cómo saber si sería él o ella quien, viéndose obligado a fumar en la terraza, creyéndose despechado o despechada, no tuviera otra ocurrencia que dejar la colilla encendida en la jardinera, con la lumbre pegando al plástico?
—Yo creo que ha sido un puro, largo y gordo como el de Clinton, y que el culpable es el tío, porque nosotras no fumamos puro. La toba encendida habrá prendido el plástico y...
—Mira, tía, que ahora vosotras fumáis como carreteros, y seguro que ha sido ella la que ha dejado la toba..., vale..., sin puro, pero qué más da, una toba es una toba, y el plástico es plástico..., y vosotras, por llevar la contraria, sois capaces de prender, qué digo una jardinera, y hasta la casa entera.
Y en esto estaban los clientes de uno de los veladores de las terrazas, media docena de machos y hembras, ajenos por completo a las hipótesis que al mismo tiempo andaba pergeñando en su chilostra el bombero Sandokán.
Sandokán era muy trabajador, pero mucho. Había saltado del camión para ser el primero en colocar las vallas de seguridad, se había encaramado antes que nadie al elevador para manejar la manguera y apagar el fuego, y, una vez en tierra de nuevo, no paraba: recoger la manguera, limpiar la acera, retirar las vallas. Pero no sólo eso. Cuando libraba, ejercía de fontanero, sin iva, eso sí, y sin factura, ¡claro!; o sea, fontanero ‘sumergido’ y de andar por casa. Y así fue como, una semana antes del incendio, visitó la casa a requerimiento del marido. Y entiéndase que la palabra ‘incendio’ no se utiliza aquí con el significado que le atribuye el María Moliner, por ejemplo, de «fuego que destruye algo como un bosque, un edificio o mercancías almacenadas», o con el primero que le asigna la rae, que reza «fuego grande que destruye lo que no debería quemarse»; piénsese, en cambio, en el que le da la voz del pueblo en frases como «a la señora María se le ha incendiado la cocina», para referirse a que se le ha prendido el aceite en la sartén y le ha tiznado el techo. Más aún: considérese la segunda acepción otorgada por la rae, y que dice «pasión vehemente, impetuosa, como el amor, la ira, etc.».
Pues bien, aquí, precisamente en esta segunda acepción de la rae, se detenía el pensamiento del bombero Sandokán mientras trajinaba con su proverbial diligencia para organizar el regreso de los suyos al cuartel. El bombero, entonces fontanero, recordaba con pelos y señales cómo llegó a la casa y marido y mujer le pidieron que repasara, por favor, los baños, las griferías, las cañerías, que limpiara los sifones. Una tarde entera le ocupó la faena. Pero al fin acabó. Y con una sonrisa de oreja a oreja se presentó en el salón donde el matrimonio aguardaba frente al televisor:
—Señora, esto estaba en el bote sifónico del baño pequeño.
Y mostró, ante los ojos desorbitados de la mujer y las chiribitas que al hombre le hacían los suyos, una esclava de oro.
El fontanero Sandokán depositó la pulserita encima de la tele.
—Son sesenta y cinco euros, sin iva.
El marido le pagó, mientras ella recogía la esclava, y Sandokán abandonó la vivienda.
¿Qué pasaría después? El bombero Sandokán lo tenía claro:
«Este cabrón me la ha pegado con su jefa. ¿De quién, si no, va a ser la esclava? Mía, no, desde luego, que este jamás ha tenido el más mínimo detalle. Será de la zorra esa, que se acostaría en mi cama y se bañaría en mi baño, y allí perdería la esclava».
O, por el contrario, «esta puta me ha puesto unos cuernos como la copa de un pino, seguro que con ese guaperas que tiene de secretario, que se lo traería aquí, cuando Pepa y yo estuvimos en las jornadas de Logroño, aquí, a mi cama, coño, coño, y se metería con él en el baño, claro, y ahí, con el trajín, ¡la muy puta!, se le caería la esclava al guaperas, porque, desde luego, suya no es, que yo sepa, que nunca se la he visto, o sea, que es del pavo ese, seguro».
Y quizá «el muy sinvergüenza debió de aprovecharse de la semana que acudí con Paco a la feria de Cádiz. Que vente, Pepita, que no está mi señora, y nos pegamos un fiestorro en mi casa, la cama, ¿y una duchita, querido?, bueno, vale, una duchita, ¡cabrón!, ¡zorra!».
Y tal vez «pues esta hoy no fuma delante de mí, le digo que no, que yo lo he dejado y que no estoy dispuesto a tragarme su humo, que se lo trague el guaperas, y que si quiere fumar, que se salga a la puta terraza».
O acaso «¡no, señor, que ya no le consiento que me pringue toda la casa con ese odioso olor a tabaco agrio, que ya estoy hasta el nardo de tragarme su humo sin rechistar, que se lo trague la zorrona de su jefa, y ahora, si quiere, a la puta terraza, hala, que no hace frío!».
«¡A la puta terraza, a la puta terraza!». Ahí estaba para el bombero Sandokán la madre del cordero, la verdadera causa del fuego, porque cuando un marido manda a su esposa, o al revés, a la puta terraza a fumar, puede esperarse lo peor: «¡Te vas a joder, ahora te vas a joder, y no la apago porque no me sale de ahí mismo, la apagas tú si quieres, te vienes y la apagas, que lo que es por mí, como si se quema la jardinera, yo me acabo el cigarro y me las piro!». Probablemente, la intención del pirómano, o de la pirómana, no fuera más allá de quemar la jardinera, porque, además, pensara que su cónyuge estaría en casa para darse cuenta del pequeño estropicio y remediarlo. Pero, en ocasiones, lo imprevisible no puede sino continuar siéndolo: uno, o una, sale despechado, como ya se ha apuntado antes, de casa, sin avisar a su cónyuge, pensando que este o esta se queda y que verá el humo y la candelita, y no, que este o esta también se ha largado sin decir nada; empero: la lumbre, el viento, la llamita, más viento, el plástico, la llama, el humo, el olor a goma quemada, el viento, la alarma, una llama cada vez más grande, un fuego más intenso, viento, fuego, pequeño incendio, el toldo, los toldos vecinos, los gritos de pánico, los chillidos de angustia, las maderas, las vigas, un incendio de grandes proporciones, de elevadas proporciones, las llamas comiéndose el edificio entero, lo irremediable, el desastre, hay quien se asfixia, la tragedia, lo nunca visto, hay quien se lanza al vacío, los bomberos...
El bombero Sandokán había terminado sus tareas. A punto de arrancar su camión para regresar al cuartel, mientras su sirena enturbiaba de nuevo el atardecer apacible de la apacible primavera, observó cómo hablaban con la policía local los moradores de la vivienda, o sea, los dueños de la jardinera, los de la esclava en el baño, ¡vamos! Detrás de ellos, un veinteañero encogido de hombros y la cabeza gacha no cesaba de dar vueltas y vueltas, con la mano derecha, a la esclava de su muñeca izquierda. De vez en cuando, el hombre se volvía hacia él y le arreaba un pescozón en el cogote, «¡gilipollas, incendiario, que nos vas a llevar a la ruina!»; la mujer lo imitaba a continuación, «¡tonto del culo, macarra, que vas a acabar conmigo!»: o sea —¡otra vez, pero...!—, que el joven recibía dos cogotazos por el precio de uno y un manojito de improperios y reproches, pero él, encogidos los hombros siempre y siempre la cabeza gacha, que el peso de la culpa requería sin duda actitud y postura tales, no dejaba de jugar con la esclavita dorada de su muñeca. 

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