miércoles, 25 de mayo de 2016

LA «ODISEA» EN EL «ULISES»




¿Qué encontraría James Joyce en la Odisea de Homero para que inspirara la revolución narrativa de su Ulises? ¿Qué hilos argumentales, qué anécdotas terminaron por conectar estas dos grandes creaciones de la narrativa universal? ¿Cuáles son los mecanismos utilizados por el genial irlandés para establecer esa conexión?
Si responder a estas preguntas fuera el objetivo de La «Odisea» en el «Ulises», bien pudiera pensarse que estamos ante un ensayo, otro más, sobre la novela de habla inglesa más importante del siglo xx. Pero, al no ser ese su único objetivo, tampoco puede afirmarse que se trate de un ensayo; aunque su lectura acaso ayude a entender mejor el Ulises y, sobre todo, sus relaciones con la Odisea.
Es cierto que sus páginas, tanto las que recogen la "Introducción sinfónica", como las dedicadas directamente a la Odisea, mantienen un tono marcadamente narrativo, trufadas las primeras, por lo demás, de humor; pero La «Odisea» en el «Ulises» no es una novela, ni un conjunto de relatos.
Y tampoco es un poemario; pero sí hay cierto lirismo en el diálogo que su autor mantiene con Leopold Bloom y con Stephen Dedalus, y a través del cual se evocan las construcciones o deconstrucciones llevadas a cabo por Joyce a partir de la Odisea.
Finalmente, las magníficas ilustraciones del artista Pedro Cases que acompañan la edición de La «Odisea» en el «Ulises», así como el original diseño de Alfredo Copeiro, no hacen sino avalar la belleza formal de la obra.
Os animo, pues, amigos lectores y amigas mías, a leer La «Odisea» en el «Ulises». Puede que una cosa lleve a la otra y acabéis abordando la obra de Joyce. O al menos, si no fuera así, os adentraréis en uno de los caminos más intrincados de la narrativa universal: el que, partiendo de la Odisea, conduce a los entresijos del Ulises.

miércoles, 16 de marzo de 2016

EL BESO DE LOS DOS PATITOS (FINALISTA DEL XXX PREMIO CÁLAMO DE POESÍA ERÓTICA, 2015)



     1    Todo arte es erótica



Lame otra vez, con tu amarillo ácido,
la loma cian: turgencia amable, y verde,
línea que ondula la mirada leve,
y el fondo blanco.

Bajo las lascas, suavidad sedosa,
tacto que inunda de placer la carne;
besar sus labios fríos es amarte:
danza de olas.

¿Quizá no sientes la pasión que embruja
y anima el hálito febril, la cruz,
de una mujer y un hombre tras la luz,
cópula y cúpula?

¡Powell bebop!: compases sincopados,
semicorcheas, corren por las piernas
en progresión de tríadas con séptima:
suena el orgasmo.

Sus oquedades luces te reclaman,
y que tus dedos finos manipulen
con precisión, y que el diafragma ajusten.
Mira y dispara.

Palpa la piel y con amor la cuerda.
Mezcla pigmentos con aceite y pinta.
En el espacio de tu sueño anida.
Canta a la piedra.

El arte existe porque Dios no existe.
El fuego, el agua, el aire existen, vivos,
como la tierra: cuerpo, sangre, vino.
Son el origen.


     2    Los dos patitos



Dos patitos, azules, de paseo.
¿Dos patos, o dos patas? ¿Pato y pata?
¡Difícil es saber quién a quién ata!
Sobre un fondo carmín, el galanteo.

La sombra se disipa porque veo
el brillo de tu muslo entre la bata.
Los patos, dibujando una sonata,
salpican los colores del deseo.

Soplo a la pluma, amor, por que se pose
en tu muslo fugaz, en su tersura,
caricia de mi pluma, y tú dormida,

y es tal mi bienestar, tal la ternura,
que no encuentro el poema que bien glose
el beso que brotó en la atardecida.


    3     Libro de papel



Toco tu piel suave con mis dedos.
Bajo sus poros, sueños escondidos,
versos emocionados o encendidos
con que aliviar la llaga de mis miedos.

Huelo la esencia miel de tus viñedos,
la esencia de tus hornos tan queridos,
y tu risa y tu llanto, bienvenidos,
alimentan la sangre de mis credos.

¡Saborear la pulpa de tu fruto,
la mágica aventura de tus pliegues!
¡Y sumergirme plácido en tus hojas!

Pero es muy duro y agrio este tributo,
la pena que provocan mis repliegues,
porque debo atender a mis congojas.


     4    ¿Mona Lisa?



¡Regresar a Berlín, volver a verte!
¡Y romper el cristal que te encarcela
para besar tu cuello de gacela,
para aspirar tu olor, para tenerte!

Y a poco que me vaya bien la suerte,
sorberé de tus labios la candela,
para alumbrar mi alma con tu vela
y esperar la llegada de la muerte.

Pero miedo me da que no poseas
dos manos tiernas con que acariciarme,
unos muslos que encajen en los míos,

un vientre que atempere mis mareas,
una vulva feliz donde abismarme,
ni unas nalgas que templen, ¡ay!, mis fríos.


     5    Venus en el espejo



Si pudiera quebrar tanta torpeza,
hacer miles de añicos el reflejo
de tu cara, el que vibra en el espejo,
como trizo una frase en mi cabeza

si un preciso rompo es verso, alteza,
que yo no ansío más que tu cortejo,
besarte desde el pie hasta el pulpejo,
lo haría sin vacilar, ten la certeza.

Quiero llegarme a Londres algún día,
y en la National Gallery, indignado,
descomponer el rostro que te infama.

Sobran en los laureles de tu fama
las cintas y el Cupido desarmado,
la imagen del espejo, su osadía.

¡Tu espalda, novia mía!:
me bastan sus hoyuelos inmortales
para soñar tus senos sensuales.


     6    Manicura



Levemente, el esmalte va cubriendo
el rostro de su uña nacarada:
lame en satén la lengua almibarada.
Su estela de dulzor, tú persiguiendo.

Por diez veces, los rojos resolviendo
su pasión, queratina iluminada:
boca de Marilyn, rosa dentada,
la luna es un clavel sin atuendo.

La flor amarillenta de Chanel
y el rojo entusiasmado de su risa
conquistan a Andy Warhol, ya lo sabes.

¿Y tú, qué sientes? ¿Es el azar cruel
quien te ha roto el destino y, tú sumisa
o sumiso, el gobierno de tus naves?


     7    Mercurio y Marte



¡Si Mercurio lo viera así, abismado,
entreabierta la boca, limpio el cuello;
sus pechos incitantes y sin vello;
sus muslos blancos y su vientre ahembrado!

¿Soñará que las manos del amado
acarician sus rizos, su cabello?–.
Si lo viera tan joven y tan bello,
saldría del jardín el dios alado.

No importan Venus, Céfiro ni Flora;
no importan ni la brisa ni la Gracia;
no importan ni la ninfa ni la Hora.

Lo que importa es el dios semidesnudo,
entregarse a su cuerpo con audacia,                                     
mientras se halle sin lanza y sin escudo.


    8     El origen del mundo I



El origen del mundo no es mujer,
dos muslos solamente, un vientre amable,
el arranque carnoso y memorable
de unas nalgas que pueden florecer,

unos senos que invitan a sorber,
un triángulo velloso, inescrutable,
en fondo libertino, inconfesable,
el fruto courbetiano del placer.

Dos cuerpos el origen son del mundo,
dos cuerpos enlazados poro a poro,
indiferente el sexo, y sin azoro,

franco el amor, rosa o azul, profundo;
y el brillo de los besos, sus colores,
las luces del big bang, de los albores.


     9    Declaración de amor en Barcelona



Saberte al otro lado de la calle
tranquiliza mi alma solamente,
pues la sangre me hierve vivamente
si pienso que ni alcanzo a asir tu talle.

No soporto ya más que me avasalle
la frívola presencia de la gente;
ni el verte tan lozana, niña, enfrente,
sonriendo para mí tras tu ventalle.

¡Ay, no poder ser tuya, ni tú mía,
tus curvas acopladas a mis curvas,
mi adentro penetrando hasta tu adentro!

Este es mi mal, y es esta mi osadía:
con tu beldad gaudiana me perturbas
para anhelar el imposible encuentro.


     10    La modelo y el artista frente al espejo



El bruñido devuelve de su espalda
la suavidad tranquila de la seda:
inicia su aventura la vereda
que discurre debajo de su falda.

Más acá del cristal, una esmeralda
se oculta como flor en rosaleda.
¿Hay cisne enamorado para Leda?
¿Quién teje con su amor una guirnalda?

Las manos del artista son tus ojos
que acarician sus verdes y sus rojos.
Tú quisieras salvar tanta distancia;

ser Zeus, cisne, amor sin arrogancia;
ceñir la realidad con tu deseo;
franquear el cristal sin titubeo.


     11    El origen del mundo II



Dos triángulos vivientes, invertidos:
uno contiene un cuerpo limitado,
y el otro enmarca un vello ajardinado.
Y un triángulo de amantes confundidos:

enmascaran sus rostros seducidos,
frente a un marrón oscuro arrinconado,
por no haber visto nunca un ser creado
para tanto placer de los sentidos.

¿Es sábana o enagua sin puntilla
lo que cubre el pistilo de una rosa
y desnuda otra rosa revelada?

¿Son o no son dos ojos sin genilla,
uno, ufano, y el otro, tras la diosa,
y una fresa en un bosque cobijada?


     12    Para asombrar a París



Yo no quiero el fragor de tus orgías,
no quiero tus Olympias posmodernas
con sus pechos, sus vientres o sus piernas,
ni las sirvientas de tus mancebías.

Yo no quiero ni tus alegorías,
ni el aire evocador de tus tabernas;
no quiero tus montañas sempiternas,
ni tus bañistas ni sus geografías.

Lo que quiero es el flujo refrescante,
la carne presentida, el verde ácido,
el dulce rojo, y el aroma plácido

de tu manzana, el fruto estimulante
con que asombrar a París pretendiste,
y al mundo finalmente estremeciste.


    13     Bajo las brazadas



En fondo azul, fugaz su cuerpo leve,
tierna la ola, espuma y azucena;
se sumerge tu luz bajo la pena
de ver huir cuanto tu alma bebe.

Lacerante el espacio, el tiempo breve,
formidable el poder que te condena
y a una gélida cárcel te encadena;
mas prende la pasión entre la nieve.

Tus muslos arden, y en los pliegues, agua.
Piden los dedos de tus manos miel
con que templar el hierro de tu fragua.

Su cuerpo blanco fluye por tu piel,
sientes quizá su vaporoso roce.
¡Qué intenso es el dulzor, qué grande el goce!


     14    De  la cueva a la Tate



De la cueva a la Tate discurre un río
que remansa su cauce en tu regazo:
alimenta su sangre con tu abrazo,
antes de proseguir con nuevo brío.

Ya en la Tate, y en demente desvarío,
lamiendo el escozor de tu flechazo,
conjura la espiral con firme trazo
y vuelve a la humedad de tu rocío.

Pero otro enamorado lo comprende,
porque ama tus espacios singulares,
tus bosques, tus penumbras, tus hechizos.

Y es que tú, con la gracia de tu duende,
atraes caros amantes a tus lares,
rendidos a tu talle y a tus rizos.


    15     Il Braghettone



Pero, Daniele, dime, ¿qué sentías
siempre que acariciabas con tu mano,
de sensible y espléndido artesano
tantas dulces heridas días y días?

¡Redondeces, aréolas, hombrías,
hendiduras! ¡Belleza de lo arcano!
¡Sinfónica oración al cuerpo humano,
que atemperar quisiste! ¡Obedecías!

Apenas por censor se te valora,
pero nadie repara en que tu verso
conoció, enamorado, el universo

del más completo artista de la historia.
Que hable el maestro, en fin, que hable con calma;
que afloren las pasiones de su alma.


     16    Habla el maestro



Quiero decirte, amigo, que de nada
de cuanto de mí viste me arrepiento;
producto fue del más dulce tormento
que arder pueda en un alma tan ajada.

¡Turgencia de la carne deseada!
A mi edad, no fue loco atrevimiento,
sino feliz y amargo arrobamiento:
¡contradicción eterna conjurada!

Y aún no sé qué dioses inspiraron
la empresa que los hombres me encargaron:
caderas, vientres, senos, genitales,

espaldas, manos, pies, nalgas, axilas.
¡Ojalá percibieran los mortales
la Creación a través de mis pupilas!

¡Ni Caribdis ni Escilas
podrán borrar mis bosques, ni mis valles,
ni mis tiernas colinas, sus detalles!


     17    Gouache recortado



Tu cuerpo anaranjado me emociona,
Zulma azul, azabache de tu pelo.
Toma esas flores blancas sin recelo:
son un bello tributo a tu persona.

Gozosa es la ansiedad que me aprisiona
y, entre amarillo y verde, busco el cielo
bajo la transparencia de tu velo.
¡Qué hermoso es el turquesa en tu corona!

¿Por qué ocultó los rojos de tus fresas?
¿Por qué apagó la luz de tu oleaje?
¿Por qué nubló las fuentes de tu aroma?

¿Por qué, libando en fucsia tus promesas,
no prendo, alegre, fuego a mi equipaje
y penetro en el seno de tu poma?


     18    Dos figuras (en la hierba)



Y hay un negro antracita pesadumbre
tras leve gris que cae en lluvia fina.
La rigidez de líneas, la cortina,
no consigue eclipsar vuestro relumbre.

Gris azulado y blanca, dura cumbre
de sábana sudario. Una cabina.
Tú actor y espectador, rosa y espina,
sufriendo de tu amor la incertidumbre.

Pero la hierba es paz de los difuntos,
cobija el vigoroso forcejeo
de amantes que, viviendo, mueren juntos.

¡Extático dolor del apogeo!
La lucha es sin piedad, potente, dura:
¡huidizo el goce, intensa su amargura!


     19    Vino



Elevarte al cenit para mirarme
en la luz transparente de tu seno,
aspirar la fragancia del veneno
que tus promesas vuelva a inocularme.

Sorberte gota a gota hasta saciarme
con tu sabor nacido del terreno,
y que los dioses mullan el centeno
de un lecho donde puedan acunarme.

Escanciaré de nuevo los humores,
reflejos de tu fruto purpurino,
en un cristal que acoja sus colores,

para inundar mis venas con tu alma,
revivir el placer que me desalma
y yacer junto a ti, querido vino.


     20    El desnudo rojo y la venus



Sólo la del espejo se me antoja
capaz de enamorarme esta mañana.
No me valen Europa, ni Diana;
me espanta ver a Eva con su hoja.

Y Angélica yaciente me acongoja,
si el lascivo eremita la profana.
Odio ver a los viejos con Susana,
y el juego de Dalila en seda roja.

Pero observo en el lienzo mi desnudo
mis pechos sensuales, mi pezón,
el carmín de mis labios, mi verija,

el azul que en el rojo se ensortija,
y creo ser el complemento mudo
del envés que me prenda el corazón.


     21    La cópula del tiempo



¿No fue Gustav la fuente de Picasso,
de sus desnudos crudos y salaces?
¿Y si fueran los sueños más audaces
de Klimt sueños de Pablo? ¿Absurdo caso?

¿No he bebido yo mismo en Garcilaso,
en sus bellos sonetos tan feraces,
para escandir mis versos más vivaces
y conquistar un puesto en el Parnaso?

¿Y Jean Cocteau, a quién tuvo por venero,
en quién legó su estilo incontinente
para que nutra Onán sus fantasías?

¿En quién adivinó Cocteau primero
felaciones y francas sodomías
para pintarlas luego llanamente?

Parece que el presente
no sea sino la cópula amorosa
de un pasado azul y un futuro rosa.


     22    Peine del viento



Peinas, de sus cabellos, la abundancia
con el gesto mimoso de un amante,
para que, cuando, de ella, esté delante,
la enamoren su brisa y su elegancia.

Quien sacude la tierra de arrogancia,
enhiesto su tridente, desafiante,
proclama frente al Céfiro silbante
su fama y condición, su relevancia.

Y la mejor de todas las más bellas
no quiere la vehemencia, ¡ay!, del viento,
ni los requiebros pérfidos del mar.

Y reserva las brasas de su hogar
para quien busque el beso de tu aliento
bajo el limpio dosel de las estrellas.


     23    Lo infra-mince



Anhelante y vacía concavidad
la que arde al percibir la diferencia
entre su esencia plena y la otra esencia
que anida en la febril convexidad.

Moldeado taciturno, soledad
de un molde estremecido por la ausencia,
una mano sin seno, o la indigencia
de una vulva sin falo, sin mitad.

Lo infra-mince de Marcel frente al color:
el ruido de tu braga al desnudarte,
blancos mis muslos, leve la caída;           

la dulce melodía de su olor;
lo que la muerte dista de la vida,
lo que la vida aún dista del arte.


     24    Los celos de Bilbao



¿Es un barco fluyendo por mis venas
para dar con el centro de mis fuentes?
¿O es una flor de pétalos turgentes
con que aromar el aire en mis colmenas?

Sus amantes violentan mis arenas
y deslucen mis cielos y mis puentes;
son amantes, mas son evanescentes,
efímeros, de un triste día apenas.

Te quiero, amor, te quiero para mí,
tu cutis de titanio, tus promesas
de convexos y cóncavos perfiles;

pero odio que quizá solo por ti
quienes buscan mis lechos y mis mesas
se acuerden de mis rasgos varoniles.


     25    La música y el mar



Viven al fin la música y el mar,
y es cálido el ocaso mortecino;
la luna tenue inicia su camino,
el sol caedizo, a punto de expirar.

El juego de la espuma, en su danzar,
funde sus pies: un único destino
y un bello swing de ritmo libertino.
El cielo roto y, lejos, un pinar.

Cada mano acaricia la cintura
del amante, primero la cintura,
y después las zonas más amadas.

Y entre la arena húmeda y la sal,
se envuelven en las notas sincopadas
de una alegre balada tropical.


    26     El beso de los dos patitos



Fuego de amor que por amor se enciende
y arden los cuerpos hasta hacerse uno,
fuego que aviva con sus ojos jóvenes,     
beso que es música.

Beso robado y el peligro acecha,
pero sus senos temblorosos vibran
con la emoción de compartir el aire.
Cerca, la nada.

Mármol también, sin desbastar su base,
lenguas, el beso, adivinadas, dulces,
como una dulce melodía, y triste,
canto de muerte.

Arte es la curva de su hombro bello,
las manos firmes, el laurel, sus pies;
arte, su boca, sus mejillas rojas…
Beso, oro y prado.               

De arriba abajo, cuerpo  a cuerpo, el beso:
sexo granítico e inmortal, sencillo,
como una gota de rocío azul,
en Montparnasse.

Tal, el momento retenido en flash:
frente a la gris indiferencia, un beso
cálido y húmedo, fugaz y eterno.
Paz tras la guerra.

Basta su beso, y lo demás no importa;
bajo sus párpados cerrados siente
que alguien inunda sus alegres pechos:
cómic de amor.

Ojos turbados en un lecho blanco,
lenguas rizadas como labios pulpa;
seguramente el mar acune el beso,
que es el principio.

Los dos patitos ya son cisnes blancos,
y resplandecen embriagados. Aman
la estela extática de besos mudos:
son veintiséis.