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viernes, 21 de agosto de 2020



Amigos y amigas de la resistencia:
Hoy pienso que, si fuera creyente, el cuerpo me pediría acudir a los templos a ponerle una reclamación a Dios por lo mal que ha hecho las cosas.
Pero no, no lo soy; así que he preferido invertir mi tiempo durante el confinamiento y la nueva normalidad en degustar las creaciones humanas de la literatura y el arte. Precisamente, yo creo que ellas existen porque Dios no existe. Si Dios existiera habría creado un mundo tan maravilloso y tan sin fisuras que no dejaría espacio ni al arte ni a la literatura; ¿para qué molestarnos en crear belleza si solo con abrir los ojos o los oídos ya disfrutaríamos de ella? Pero como la realidad es tan miserable y fea en tantas ocasiones, los humanos hemos optado por crear belleza en la medida de nuestras posibilidades.
Pues bien, puestos a saborear aquellas obras humanas más extraordinarias, se me ha ocurrido que este tiempo nos proporciona una oportunidad de oro para introducirnos en una de las novelas más importantes de la literatura universal: Ulises, de James Joyce.
Hace años, publiqué La «Odisea» en el «Ulises». Se trata de un trabajo, en parte ensayístico y en parte épico-lírico, en el que, además de una introducción en la que doy cuenta de los entresijos de su elaboración, comento algunos aspectos clave de la obra de Joyce. Pero, sobre todo, trato de recrear, en dieciocho episodios, uno por cada capítulo del Ulises, aquellos pasajes de la Odisea que inspiraron directamente a Joyce.
Creo humildemente que La «Odisea» en el «Ulises» puede contribuir a comprender mejor la novela del genial irlandés. Pretendo, pues, desde este blog, poner a vuestra disposición mi citado trabajo en catorce entregas, cinco con la introducción y nueve con los episodios recreados. 
¡Ojalá así ponga mi grano de arena para que soportéis mejor el sufrimiento de esta maldita pandemia a que la naturaleza nos tiene sometidos!
¡Salud, amigos y amigas de la resistencia!

martes, 14 de julio de 2020


Introducción sinfónica (1)

















La Odisea en el Ulises
(evocación personal de los pasajes del Ulises, de Joyce,
inspirados directamente en la obra homérica)















El 10 de noviembre de 1922 James Joyce escribe a su tía Josephine lo siguiente: «Dices que hay muchas cosas en él que no entiendes. Te dije que leyeras primero la Odisea».

  
Germán García, «Introducción»,   en James Joyce, Ulises, Pluma y Papel Ediciones


Ahora estoy escribiendo el episodio de «Los lestrigones», que corresponde a la aventura de Ulises con los caníbales. Mi héroe va a almorzar. Pero hay un motivo de seducción en la Odisea, la hija del rey de los caníbales. La seducción aparece en mi libro bajo forma de unas enaguas femeninas de seda expuestas en un escaparate. Las palabras mediante las cuales expreso su efecto en mi hambriento héroe son: «Perfume de abrazos todo él asaltó. Con deshambrienta carne oscuramente, mudamente anheló adorar».

 Citado por David Hayman, Guía del Ulises, Fundamentos















INTRODUCCIÓN SINFÓNICA



La danza de los aspersores, el canto del agua que se expande, el color de la hierba, esa fragancia que da ganas de vivir, el sol aún leve entre las ramas, el frescor de las sombras; el ir y venir de los jardineros por las veredas, de un arriate a otro, cortando la hierba, retirando las hojas secas, regulando el abanico del agua; árboles, setos, flores, fuentes: sin duda, el mejor momento de un día que amenaza con un castigo térmico inmisericorde.
Sin parque no hay ciudad habitable en verano, la vida se agosta, los enfermos se agravan y los ancianos se mueren. En el parque, un veterano acuarelista, sombrero y camisa ancha de manga corta, ha buscado un rincón en que recrear formas y colores. Bajo una fronda de tupidas ramas, el gozo de la hora pervive más tiempo. El acuarelista traza las estampas que el parque y la hora le ofrecen: dos hombres maduros practican footing por los caminos de tierra prensada; un anciano sentado en un banco de forja lee en el periódico del día anterior las últimas predicciones meteorológicas antes de ponerse con el crucigrama; en otro banco, el perfil atractivo de una joven de hombros tostados y tersos y de pelo castaño y largo no manipula un móvil de última generación, no, sino que lee un libro; una señora pasea a su perro y otras tres caminan deprisa para ejercitar sus articulaciones y tratar de modelar sus formas, también para vivir más y mejor.
Acabo de desayunar al otro lado del parque. A primera hora me han extraído varios tubitos de sangre para una revisión rutinaria en el hospital cercano. En premio por haberme portado bien, me he regalado un desayuno antidietético, ¡o dietéticamente equilibrado, como diría Grande Covián, quién sabe! Mojando los churros en el café he vuelto a pensar en Marcella, que lleva un par de años en Dublín y a la que sólo veré en Navidades. Su correo de esta noche es muy interesante. Todos los suyos lo son siempre. No me manda ninguno que no contenga algo: la última película, la próxima obra de teatro, la música de los cafés, el libro recién descubierto, el ambiente de las calles y de las plazas, los paseos con Rodrigo junto al Liffey. Anoche me hablaba del último Bloomsday y de las charlas subsiguientes sobre el Ulises, no es, sí es, no hay, sí hay.
A la entrada del parque, releo mentalmente su correo, repaso sus pormenores y me siento impulsado a adoptar una decisión: releeré el Ulises, releeré la Odisea, indagaré las conexiones entre ambas obras. ¡Ambas obras!: ¿novelas, epopeyas, en prosa, en verso? Evitemos el debate académico y simplifiquemos: novelas y punto, ¿qué más dan el verso o la prosa? Indagaré las conexiones entra las dos novelas. Eso concluyo, y paseo por el parque porque es un placer al que no quiero ni puedo renunciar. Paseo. Entretanto, pienso y proyecto: rescataré de mi biblioteca los libros que voy a utilizar.
En primer lugar, la vieja traducción del Ulises, de James Joyce, efectuada por José Mª Valverde y publicada por Lumen en 1976. Yo tengo en casa una edición de bolsillo en dos tomos, de Bruguera-Lumen, 1979 (citada, en adelante, con el número de tomo, I o II, y el de página o páginas). El papel es muy barato y la encuadernación, infame. No hay cuadernillos cosidos y la cola se ha esfumado. Si se hojean los volúmenes, saltan las hojas. Pero bueno, incluso desencuadernadas, recogen el riguroso trabajo de un sabio. Cuando yo finalice el que ahora abordo, pienso encolarla, o sea, que acabaré de despegar la cubierta, colocaré bien las hojas y luego untaré de cola el lomo para que todo quede bien pegado y el libro, que, en realidad, son dos, pueda lucir recuperado en los estantes de mi estudio. ¡La traducción de Valverde! Es verdad que esta no es la primera traducción del Ulises al castellano, porque en 1945 vio la luz en Buenos Aires, de la mano de Rueda, la del escritor argentino José Salas Subirat, reeditada luego por Planeta en 1996, en edición preparada por Eduardo Chamorro; pero yo no dispongo, por el momento, de ningún ejemplar de la misma, y confieso mi pereza para gestionar la consecución de uno.
Volviendo a la traducción del poeta y ensayista de origen extremeño, su estudio introductorio resulta imprescindible por la cantidad de luz que arroja sobre el texto de Joyce. Y la inclusión al final de su trabajo de los dos esquemas de interpretación del Ulises, conocidos como «esquema Linati» y «esquema Gilbert-Gorman»[1], herramientas básicas ambos para mi trabajo, se me antoja una contribución impagable del añorado catedrático de Estética, cuya memoria me sigue estremeciendo: cuando, mediados los sesenta, Franco expulsó de la Universidad, entre otros, a José Luis López Aranguren, catedrático de Ética, José Mª Valverde lo tuvo claro: «Nulla aesthetica sine ethica, ergo: Apaga y vámonos». Así lo cuenta Tirso Bañeza Domínguez en su «No hay estética sin ética» o la biografía intelectual de José María Valverde Pacheco, publicado por Ediciones Universidad de Salamanca en 2009. Y, en efecto, allá que abandonó su cátedra barcelonesa el profesor de Estética para largase honrosamente al exilio.
En segundo lugar, la nueva traducción que del Ulises hicieron Francisco García Tortosa y Mª Luisa Venegas Lagüéns, y que fue publicada en un tomo por Cátedra en 1999, en edición preparada por García Tortosa y revisada y corregida en 2004. Mi ejemplar pertenece a la 7ª edición, la de 2009 (citada, en adelante, por el número de capítulo y los números de las líneas que acotan los fragmentos tenidos en cuenta tanto en esta introducción como en la propuesta de antología del Ulises referenciada bajo los títulos de los episodios que componen el trabajo posterior, donde, además, se incluirán las letras GT). ¡Imponente el esfuerzo de los traductores, sus enormes aciertos interpretativos, como los concernientes al episodio 14 de la novela! ¡Genial y lúcido el estudio del catedrático de Filología Inglesa y profesor emérito de la Universidad de Sevilla García Tortosa! Además, el tocho de mil cien páginas está bien encuadernado, aunque los materiales sean pobres, como corresponde a una edición popular: cuadernillos cosidos y encolados. De tener nietos, que ni por asomo, estaría seguro de que heredarían el ejemplar en buen estado; no me atrevería a decir lo mismo con relación a mi ejemplar de la edición de Bruguera-Lumen.
¡Cuánto me hubiera gustado conocer en persona a José Mª Valverde! ¡Cómo me encantaría estrechar las manos de Francisco García Tortosa y de Mª Luisa Venegas Lagüéns! Pero la vida es así, el tiempo huye y los espacios resultan a veces demasiado dilatados. Percibes tales deseos con cierta vehemencia, y resulta que uno se murió en 1996 y los otros andan puede que a quinientos kilómetros de distancia y separados de uno por miles de barreras sociales.
En tercer lugar, la «versión directa y literal del griego» de la Odisea de Homero llevada a cabo en 1910 por el catedrático de Lengua y Literatura griegas de la Universidad de Barcelona Luis Segalá y Estalella, y que ha sido editada desde entonces un montón de veces. Mi ejemplar fue publicado en 1982 por Orbis-Origen para una colección por entregas. Seguirla en los ochenta, la colección, digo, requería un cierto desembolso semanal, pero asequible, dado eso, su periodicidad semanal, aunque a la larga uno se gastaba un pastón; pero permitía hacerse con una pequeña biblioteca de literatura universal, aunque a cambio de tragarse algunas obras de las que ya se disponía. Con todo, los fascículos que acompañaban a los libros constituían una Historia Universal de la Literatura, que no está nada mal, por cierto; y ¿cómo dejarla con huecos, esta etapa no porque los libros que dan ya los tengo, y esta sí, esta no, esta sí, como una margarita, pero agujerada de ausencias? En fin, que aquí dispongo ahora entre mis manos de la traducción clásica de Luis Segalá y Estalella, y me alegro, porque, en ella, expresiones como la de «Odiseo, fecundo en ardides» no tienen precio. «Versión directa y literal del griego», ya digo. ¡Muy bien!: ¡Odiseo, fecundo en ardides!; ¡Calipso, la ninfa veneranda!; ¡Atenea, deidad de ojos de lechuza!; ¡Zeus, que amontona las nubes!; ¡Poseidón, que sacude la tierra...! ¡Genial!
En cuarto lugar, la traducción de la Odisea realizada por José Luis Calvo, catedrático de Filología Griega de la Universidad de Granada, y publicada por Cátedra en 1987, 17.ª edición en 2006. ¡Bingo, es la de mi ejemplar! Es sencilla, clara, próxima. Con su versión, Calvo seduce al lector y lo convence de que tiene delante de sus narices aventura en estado puro, mezcla, ¡qué sé yo!, de las del Robinson Crusoe de Defoe, el Gulliver de Jonathan Swift, los diversos viajeros de Julio Verne, el Corsario Negro de Salgari o el Don Quijote de Cervantes: ¡la Odisea, de Homero, una gran novela de aventuras lista para ser leída también en el Metro, o en el tren, o en la playa!, ¿y por qué no?
Estas son mis fuentes. Además, un día me crucé en una feria de libros viejos con la Guía del Ulises, de David Hayman, y la compré. Fundamentos la había publicado en 1979, traducida por Gonzalo Díaz Migoyo. Aquí la tengo, delante de mí, sobre la mesa. Y picoteo en sus páginas para ver qué tal se abordan en ellas las relaciones entre el Ulises y la Odisea, que es lo que en el presente me seduce. ¡Pero que no, que no, que la dejo, que prefiero estrujar mi propio caletre partiendo de mis fuentes, incluidos los suculentos comentarios de Valverde y de García Tortosa, eso sí! Conste que, si yo dejo de lado la Guía de Hayman, no por ello la descalifico; todo lo contrario, que me parece un buen trabajo, y muy recomendable, y, de hecho, me he quedado con alguna de las ideas que el autor maneja; y por eso la cito.
Parto, claro está, de los citados esquemas de Linati y Gilbert-Gorman, y me empeño en entender y en corroborar la veracidad de sus contenidos. Debo advertir, no obstante, que me limito a servirme de las columnas que en dichos esquemas se dedican a «personas» (esquema de Linati) y a «correspondencias» (esquema de Gilbert-Gorman). Y nada más. Y también deseo señalar que he desechado la tentación de hacerme, por el momento, con un ejemplar del El «Ulises» de James Joyce, de Stuart Gilbert, publicado por Siglo xxi en 1971, porque prefiero llegar a mis propias conclusiones; aunque una idea, una, aparte como es obvio de las correspondencias sugeridas en los esquemas, la tomé prestada de los fragmentos digitalizados que de la obra de Gilbert la editorial, o quienquiera que sea, ha colgado en internet. Y digo algo más. No dispongo de este El «Ulises» de James Joyce, pero, ahora, al cabo de un presente que se ha dilatado varios meses, cuando mi trabajo está afortunadamente terminando, me comprometo a adquirir un ejemplar de la edición de Siglo xxi en mi librería favorita, en la que, estoy al cien por cien convencido de ello, darán con alguno aunque hayan transcurrido casi cincuenta años desde que la obra se editara y aunque tengan que remover el mundo entero; y a propósito, el María Moliner propone esta definición de ‘taiga’: «zona de bosque, principalmente de coníferas, en el norte de Rusia, Siberia y otras zonas muy frías del hemisferio norte, entre la tundra y la estepa». O sea, un bello paraíso vegetal.
¡Venga entonces!: a leer, a subrayar, a devorar, a anotar, a releer, a releer, arriba, abajo, adelante, atrás, Ulises, Odisea, Odisea, Ulises, Valverde, Tortosa, Calvo, Segalá, Tortosa, Venegas, Calvo, Segalá, Valverde, esto así aquí, ¿y allí?, ¡coñazo de búsqueda, es lo peor!

 Continuará



[1] Según José Mª Valverde, el «esquema Linati» lo confeccionó el propio Joyce en 1920 para ayudar a su amigo Carlo Linati a entender su obra. El esquema fue conocido por otros amigos, entre ellos, Stuart Gilbert y Herbert Gorman, quienes lo complementaron; pero el nuevo «esquema Gilbert-Gorman» sólo se haría público en 1960.

lunes, 13 de julio de 2020


Introducción sinfónica (2)

Marcella, mi Marcella, hija de Marcella, la fotógrafa de origen florentino que llegó a mi ciudad con doce añitos y que vivió conmigo entre sus veinticinco y sus cuarenta, antes de dejarme con dos palmos de narices y con la niña para largarse a su tierra con un romano licenciado en Arte, que aterrizó por aquí para hacer su tesis doctoral sobre el mudéjar: «¡Padre, consíguete ediciones digitales y simplifica tus búsquedas, que no pareces de esta época!». ¿Pues qué?, que sigo el consejo y pongo manos a la obra.
Yo escribo en un viejo ordenador, donde no guardo nada que no esté garantizado contra los malditos virus, a los que temo como a un borrado involuntario de páginas irreconstruibles. Sé de lo que hablo. Cuando me inicié en el uso de los procesadores de texto, yo vivía en un barrio viejo de mi ciudad, donde se producían de vez en cuando caídas de la tensión eléctrica y algún apagón que otro. Entonces uno no había aprendido aún a protegerse frente a tales desmanes del azar o de las eléctricas. Y llegué a perder capítulos casi enteros de la obra entre manos, o poemas. Pero lo peor es que recientemente me ha vuelto a ocurrir, lo del borrado involuntario. Estaba yo a pocas páginas del final de este trabajo. Había madrugado y llevaba un par de horas escribiendo. Se me ocurrió limpiar el polvo para hacer un alto y relajar mi chilostra, y para ir adelantando en el adecentamiento periódico de mi vivienda. Pero no apagué el ordenador, ni guardé lo escrito durante el último cuarto de hora, ni siquiera antes de aventurarme a pasarle el plumero por encima. ¡Ah, dioses desaprensivos y descuidados, y esto no es más que una forma de hablar! Porque, ¿cómo va a creer uno en algo? ¿Qué ángel de la guarda ni qué ángel de la guarda? «¡Que no hay na, papa, que no hay na!», le dice, más o menos, la protagonista de Si la cosa funciona, de Woody Allen, a su padre al verlo de rodillas y rogando al cielo por la reconversión de la madre. ¡Pues claro que no hay na! ¡Si hubiera alguien o algo no consentiría tamaños percances! ¿Un simple apagón y a hacer puñetas las páginas recién escritas? ¡No, hombre, no!
¡Terrible lo del borrado, ya digo! Pues es ese mismo miedo lo que me empuja a mantener mi cacharro aislado de internet.
En otra habitación existe otro viejo ordenador, aunque un poco más joven que el anterior, con más capacidad, con mayor velocidad, conectado a la red, y desde él hemos navegado siempre en casa. ¿Que cuál es el problema? Pues que me vendría bien tener los dos ordenadores al alcance de la mano. Analizo la situación, observo la funcionalidad de los condicionantes logísticos, las dificultades, los obstáculos, y llego a la conclusión de que juntar ambos aparatos en la misma mesa supondría algo así como lo que le ocurrió a un amigo mío forofo del fútbol, quien, por comprarse un televisor de última generación y con pulgadas suficientes como para disfrutar más y mejor de los Madrid-Barça y de los Barça-Madrid en el salón de su casa, con cerveza, patatas fritas y aceitunas rellenas, se vio forzado a cambiar el salón entero. ¡Una ruina, fue una ruina! Si el presupuesto inicial estribó pongamos que en unos mil doscientos euros para el televisor, el final se le subió a la parra, y cuando mi amigo se descolgó de ella, sus ahorros habían menguado en nueve o diez veces lo presupuestado: muebles nuevos, pintores, estores y televisor, eso sí, como Dios manda y ocupando el lugar preferente del salón. ¿Y cuál va a ser mi caso?, me pregunto, ¿dedicar toda mi mesa de trabajo a los dos ordenadores, doblar el número de enchufes y de cables, alejar los libros recién comentados y que andan siempre dispuestos sobre ella al alcance de mi mano, arrimar otro sillón para colocar en él los libros? ¡Un desastre!
Marcella, mi Marcella: «¡Padre, coge mi viejo portátil, que en casa hay wifi, y para lo que tú quieres tienes de sobra, y te lo colocas con su batería cargadita junto a ti y ya está!».
Pues sí, todo viejo: mi ordenador, el familiar y el portátil de Marcella, y el que suscribe, o sea, yo. Últimamente, mis vetustas células están empezando a tirar la toalla: en siete meses, tres operaciones, leves, sí, pero operaciones de quirófano y anestesia general; de ahí, los análisis y esas gaitas.
Pero bueno, le he hecho caso a mi hija y he desempolvado su portátil. Aquí al ladito del mío lo tengo. La pantalla de mi ordenador, frente a mí; a mi izquierda, el portátil. Ahora escribo y navego sin peligro para lo que escribo. Así me gusta. Y esta es la mía.
¡Atención!: abro Google y... miedo me da decirlo, pero si elegimos una frase textual de un libro, la entrecomillamos, y le añadimos algún dato más de referencia, apellido del autor o del traductor, o título de la obra, casi con toda seguridad que encontramos lo que buscamos. Pues así, para qué ocultarlo, me hago sin grandes problemas con versiones digitalizadas del Ulises de Valverde, del de García Tortosa, de la Odisea de Segalá y Estalella y de la de José Luis Calvo; no consigo, en cambio, la Guía de Hayman, pero tampoco la preciso en formato digital. ¡Y, mira por dónde, también accedo a la lectura online, en edición digitalizada en 2001 por Libronauta Argentina, S. A. (http://myslide.es/documents/joyce-james-ulises-1a-edicion-en-espanol.html), de la traducción del Ulises llevada a cabo por Salas Subirat, antes citada, y que yo había renunciado a buscar en papel! De todas formas, no voy a utilizar esta última traducción, excepto para dos apuntes que anoto más adelante.
Siguiendo con lo digital, a veces la versión localizada viene precedida de advertencias amenazantes acerca de su uso comercial; otras, de garantías tranquilizadoras sobre su carácter de dominio público; en ocasiones, de nota de agradecimiento al autor del texto por permitir su utilización en la red, y en otras, de nada. Y yo me debato ante un dilema: pirateo y publico aquí las direcciones de las que descargo los libros digitalizados o pirateo y no las publico. Decididamente, no las publico, excepto la del Ulysses original, de dominio público, a la que me referiré después.
¡Pirateo, pirateo...! ¿Pero es que soy un pirata?, ¿acaso me he convertido en un desaprensivo pirata informático? «¿Te has hecho pirata, Joaquín?», me pregunto a mí mismo. De verdad que no, ¡de verdad que no!, aunque haya escrito dos novelas de piratas en mi vida (aquí, los títulos, por si acaso, que son muy divertidas, según los míos, y que, vamos, yo me lo pasé pipa escribiéndolas: ¡Ajajá, Lyonés, por una niña me muero en Castaj!, el titulito, ¿eh?, y Libertarios del Mediterráneo) y me haya identificado con sus protas; pero que yo no soy ningún pirata, ¡hombre!, que yo me he comprado los cuatro libros, el de Lumen, el de Orbis-Origen, los dos de Cátedra, mas no así el de Rueda, lo confieso, porque intuyo difícil su consecución, aunque no descarto la idea de intentar hacerme con un ejemplar, y los he pagado a tocateja, unos en pesetas y otros en euros, que, la verdad, todo hay que decirlo, me resultaron muy baratos, dos o tres cañas cada volumen. Lo que pasa es que sus versiones digitalizadas me vienen de perillas para ahorrar tiempo en la localización de nombres o de fragmentos. ¡Por Zeus que es así!
¡Bien! Pertrechado, pues, de «fuentes» y de herramientas informáticas, abordo el trabajo cuyo objetivo final es desentrañar las conexiones entre el Ulises de Joyce y la Odisea de Homero.
Transcurre el verano enterito, de solsticio a equinoccio, lo palpo entre calores agobiantes, noticias de bosques que arden, de incendios políticos y de algunas, demasiadas, barbaridades humanas o, mejor dicho, inhumanas. Pero yo me siento instalado en el camino a Ítaca y eso me emociona y me entusiasma de tal manera, que no paro de dar vueltas y vueltas a dos de las creaciones literarias más geniales de la historia de la humanidad. Y con sus protagonistas, ando sorbiendo sentido a sentido los entresijos de una gran aventura, probablemente de las más estimulantes que puedan experimentarse: dilucidar las correspondencias entre ambas.

 Continuará

domingo, 12 de julio de 2020


Introducción sinfónica (3)

El tiempo pasa, el trabajo avanza y se concluye, y varias son las decisiones que adopto finalmente y que me dispongo a transcribir aquí:
En primer lugar, explicar algunas de mis opciones formales. Por ejemplo, quedarme con la versión latina del nombre del protagonista homérico, aunque en esta introducción prefiera el helénico de «Odiseo»: «Ulises», pues, por aquí; «Ulises» por allá; y ahora, en cambio, «Odiseo». Otro ejemplo: echar mano casi siempre de los nombres utilizados por José Luis Calvo para los personajes y lugares de la Odisea; digo «casi siempre», porque he preferido, pongamos, «Ítaca» y «Hércules» a «Itaca» y «Heracles». Y otro más: aplicar, en cambio, a los personajes de Homero los epítetos épicos según la versión de Segalá y Estalella, por sus resonancias clasicistas y evocadoras.
En segundo lugar, analizar algunos de los mecanismos de los que, en mi opinión, se vale Joyce para sus referencias homéricas. Y hablar de su realismo.
En efecto, el ingenioso dublinés emplea recursos muy diversos para sacar partido al texto de Homero. Así, entre los tres protagonistas de su novela, Stephen Dedalus, Leopold Bloom y su esposa Molly, o Marion Tweedy, se establece una cierta relación de semejanza con Telémaco, Odiseo y Penélope: sus edades son semejantes; Molly y Bloom son tan esposos como Penélope y Odiseo; Bloom siente una necesidad de protección paterno-filial hacia Stephen basada en la relación padre-hijo entre Odiseo y Telémaco; ambos, al igual que los personajes de Homero, no pueden volver a sus domicilios, que perciben como usurpados por otros, ya se trate del amante de la esposa, en el caso de Bloom, o de los aprovechados compañeros de vivienda, en el caso de Stephen; Odiseo oculta a Penélope la verdad de sus relaciones íntimas con Calipso y Bloom no le dice a Molly nada de las suyas con Martha Cifford; Molly, como Penélope, no abandona su domicilio, sino que en él espera el desenlace de los acontecimientos, el casamiento inevitable con un pretendiente o la llegada del amante. En todo caso, la semejanza resulta más clara en el caso de Stephen y Telémaco: jóvenes, buscadores de algo, inteligentes, de corazón noble, en proceso de maduración personal y de mitificación, el personaje homérico por su prudencia y valentía, y el joyciano porque, desde su experiencia parisina, no hace sino crecer intelectualmente, tanto, que incluso llega a sostener con brillantez puntos de vista singulares sobre Shakespeare y su obra; ambos abandonan a sus madres respectivas, uno por buscar a su padre y el otro por no querer rezar con ella mientras se halla moribunda. Naturalmente, existen asimismo semejanzas más o menos afinadas entre otros personajes y elementos del Ulises y la Odisea: así, en el episodio de «Circe», entre Bella o Bello y la Circe de Homero; entre el alcohol y los productos farmacéuticos y las drogas y venenos de la diosa hechicera; entre las animalizaciones, cosificaciones y personificaciones que aparecen en el episodio y las transformaciones provocadas por aquella en los compañeros de Odiseo; o entre el albergue del cochero de «Eumeo» y el albergue del porquero del héroe Laertíada, y entre las mentiras del marinero del mismo episodio y las que Odiseo endilga a su porquero.
Pero junto a estas relaciones de semejanza, Joyce utiliza también el contraste, en mayor o menor medida, e incluso la antítesis, como recursos para jugar con las referencias homéricas. El sentimiento de desprecio de Stephen hacia la vieja lechera, por ejemplo, contrasta con el respeto de Telémaco hacia las figuras de Méntor y Mentes, caracterizaciones de la diosa Atenea, que parecen, sin embargo, las referencias homéricas de la lechera; y la poca gallardía e incluso cobardía de Bloom, como cuando temió que hubiera ladrones en su casa, cuya imagen llega a deteriorarse hasta aparecer caracterizado como parturienta y como cerdo, no sintoniza con el porte casi siempre apuesto y la actitud heroica de Odiseo. Como también es objeto de contraste el suicida padre de Bloom, que nada tiene de heroico, con el héroe Laertes, padre del astuto itacense. Y ¿qué decir de Molly, verdadera antítesis de Penélope? Penélope: bella, elegante, paciente, discreta, inteligente, acosada por pretendientes a los que desprecia porque es fiel a la memoria de su esposo; Molly: físicamente descuidada, basta, chabacana, infiel con su esposo a quien engaña con sus amantes, impaciente por juntarse con el último de ellos.
En ocasiones, el contraste resulta cargado intencionadamente de ironía. Esto sucede con el intolerante Mr. Deasy, director del colegio en que trabaja Stephen e inspirado en el noble anciano y sabio conocedor de la historia Néstor, calificado por Homero de «domador de caballos», como si así mismo el tal Mr. Deasy fuera otro domador, tal vez de potrillos, y que también parece saberse bien la historia antigua y la de Irlanda; algo similar puede apreciarse en las relaciones que se establecen entre la provocadora Gerty, que no duda en exhibir sus encantos ante Bloom mientras se encuentran ambos en la playa, y la encantadora y prudente princesa Nausícaa, o entre el onanismo de aquel y el pudor y recato de Odiseo.
Otras veces, el dublinés usa del simbolismo para establecer las correspondencias con la epopeya homérica. Ejemplos: la transustanciación del pan y del vino en la misa o los constantes cambios de las imágenes mentales de Stephen simbolizan las virtudes metamorfoseadoras del anciano Proteo; el poder de olvidar los pecados que tiene la comunión católica es símbolo de la flor del olvido que comen los lotófagos; la redacción de un periódico o el tráfago urbano lo son así mismo de los vientos de Eolo contenidos en un odre y luego desatados, y el director del periódico lo es del mismísimo señor de los vientos; los hombres-sándwich, el «fiambre de Dignam en pote» o lo sugerido por el apellido del Dr. Salmón representan el canibalismo de los lestrigones, relacionados a la vez con los comensales del Burton; el aristotelismo y el platonismo en medio de los cuales se debate Stephen cuando discute sobre Shakespeare y su obra en la Biblioteca no son sino representaciones de la roca Caribdis y el remolino Escila respectivamente; los ciudadanos por las calles de Dublín simbolizan a las Rocas Errantes homéricas, y el barquito de papel de Bloom sobre el río se refiere a la nave de Jasón que logró pasar entre los escollos; el hospital de Horne se hermana simbólicamente con la isla del Sol, y todo el debate sobre la fecundidad, así como las variadas manifestaciones de prosa inglesa, tan fecunda, de diferentes épocas y estilos, simbolizan, bien que por oposición, a la isla del Sol y a sus reses, que ni nacen ni mueren, aunque todo resulta más preciso y evidente cuando se habla de «Cree-en-Mí» como del lugar en que tampoco se nace ni se muere.
Hay casos en que la comparación paralela entre elementos llega a sugerir la elaboración de auténticas alegorías, como sucede con el cementerio, los ríos de Dublín, el padre Coffey, el pastor de ovejas o Cunningham, que componen una alegoría del Hades, los ríos que lo aíslan, el can que lo guarda, Orión o Sísifo; o con el bar del hotel Ormond, sus dos camareras, el piano y las canciones, Ben Dollard y la camarera que hace chasquear su liga, que conforman la representación de la isla de las sirenas, las mismas sirenas, su música cautivadora, Orfeo y Parténope; o con la taberna de Barney Kiernan, el paisano, el nacionalismo como visión exclusiva de todo, Irlanda, el puro de Bloom, por un lado, y, por otro, la cueva de Polifemo, el propio cíclope, su único ojo, Galatea y la estaca con que Odiseo lo hirió.
Finalmente, Joyce somete a muchos de los personajes y elementos de su novela a un proceso de desmitificación: Ítaca no es un reino paradisíaco, sino el hogar un tanto descuidado de Bloom y Molly; los pretendientes de Penélope no son aristócratas ricos y poderosos, sino vulgares amantes de Molly; la prueba del arco a que Penélope somete a sus pretendientes se torna en competición de meadas entre Bloom y Stephen; la justiciera venganza de Odiseo no es más que la idea con que Bloom se consuela pensando que cada amante de su mujer debe conformarse con ser el último de una larga lista de amantes. De manera que prácticamente todos los personajes son así desmitificados por Joyce, caricaturizados por un tratamiento muchas veces esperpéntico, si exceptuamos al joven Stephen Dedalus, porque lo que en realidad pretende el genial escritor es desmitificar la propia realidad, y también el género narrativo. Y tal vez el punto culminante de todo ello sea el personaje de Molly, a cuya exacta realidad accedemos en «Penélope». Porque ahí tenemos la mente de Molly en estado puro, buena muestra del realismo del que hace gala Joyce y que supera con creces a todo el realismo anterior a él. Joyce consigue aquello para lo que el idealista Gustavo Adolfo Bécquer se reconocía incapacitado y que, sin embargo, ponderaba como la mejor, la más auténtica literatura: dar forma a «los extravagantes hijos de mi fantasía» acumulados por ella «en los desvanes del cerebro»; o, en otras palabras, el dublinés halla una alternativa a tamaña incapacidad: mostrar a esos seres tal cual hormiguean en su cerebro; o, mejor aún, presentarlos como ellos mismos se asientan en sus propios cerebros.
Y todavía hay más, porque los personajes de Joyce ven, oyen, observan, escuchan, piensan, imaginan, duermen, sueñan, comen, beben, se emborrachan, defecan, orinan, ventosean, gozan sexualmente, aman, sufren y hacen todo cuanto es propio de un ciudadano europeo durante cualquier día de su vida. Consigue así el dublinés dar a luz, de una vez por todas, la primera novela plenamente realista de la literatura, y ello, sin copiar la realidad, como sí hicieron los realistas europeos del xix, sin necesitar describirla, sino limitándose, nada más y nada menos, que a exponerla delante de los lectores tal y como la realidad es para quienquiera que la observe y la experimente, endiabladamente confusa y complicada. Y es que, en efecto, Joyce en su Ulises practica exhaustivos y continuos escaneados a los cerebros de Leopold, al de Stephen o al de Molly, y de aquí la complejidad de la novela, porque complejos son los cerebros humanos. Y de ahí también que resulte harto difícil hablar de la novela o traducirla, sin caer, una y otra vez y de manera inevitable, en pecado de lesa fidelidad al texto. Porque, finalmente, la mejor manera de hablar de la obra de Joyce es mostrar el texto original, e informar, por ejemplo, de que contiene fragmentos como los que se reproducen más adelante, y de los que los traductores ofrecen diferentes versiones, y, eso sí, que cada cual opte por lo que le pete, en función, sobre todo, de los conocimientos que posea de la lengua de los irlandeses. Por cierto, que, como he sugerido antes, los fragmentos del original inglés que aquí utilizo están extraídos de la edición electrónica publicada gratuitamente desde 2008 por Proyecto Gutenberg a partir de la editada en París, en 1922, por Shakespeare and Company, de Sylvia Beach (www.gutenberg.org/ebooks/4300); en este trabajo, se señalan con las letras PG seguidas del número de página de la edición digital.
Esto precisamente me lleva a hablar en este punto de otro de los criterios que presiden la redacción del presente prólogo. En tercer lugar, por tanto, decido componerlo bajo el epígrafe de «Introducción sinfónica». ¿Y qué le voy a hacer? Desde que leí por primera vez la famosa introducción de Bécquer a su Libro de los gorriones, en un ejemplar, que aún conservo, publicado en 1965 por la madrileña Ediciones Alcalá para su Colección Aula Magna, con estudio y edición de Juan Mª Díez Taboada, el texto no ha dejado de pajarear «por los tenebrosos rincones de mi cerebro». Quiero utilizar el título becqueriano, necesito hacerlo, entre otras razones, por las que acabo de exponer; así que aquí está la «Introducción sinfónica» de La «Odisea» en el «Ulises».

 Continuará

sábado, 11 de julio de 2020


Introducción sinfónica (4)

A continuación, los fragmentos prometidos dos párrafos arriba:
Fragmento 1 (PG: 241):

Bronze by gold heard the hoofirons, steelyringing.
Imperthnthn thnthnthn.
Chips, picking chips off rocky thumbnail, chips.
Horrid! And gold flushed more.
A husky fifenote blew.
Blew. Blue bloom is on the.
Goldpinnacled hair.
A jumping rose on satiny breast of satin, rose of Castile.
Trilling, trilling: Idolores.
Peep! Who's in the... peepofgold?
Tink cried to bronze in pity.
And a call, pure, long and throbbing. Longindying call.
Decoy. Soft word. But look: the bright stars fade. Notes chirruping answer.
O rose! Castile. The morn is breaking.
Jingle jingle jaunted jingling.
Coin rang. Clock clacked.
Avowal. Sonnez. I could. Rebound of garter. Not leave thee. Smack. La cloche! Thigh smack. Avowal. Warm. Sweetheart, goodbye!
Jingle. Bloo.

La traducción de José Mª Valverde (I, 403) es como sigue:

Bronce junto a Oro, oyeron los herrados cascos, resonando aceleradamente.
Impertintín tntntn.
Astillas, sacando astillas de pétrea uña de pulgar, astillas.
¡Horror! Y Oro se ruborizó más.
Una ronca nota de pífano sonó.
Sopló. Bloom, flor azul hay en él.
Pelo de oro en pináculo.
Una rosa brincante en sedoso seno de raso, rosa de Castilla.
Trinando, trinando: Aydolores.
¡Cu-cú! ¿Quién está en el… cucudeoro?
Tinc clamó a Bronce compasiva.
Y una llamada, pura, larga y palpitante. Llamada lentaenmorir.
Señuelo. Palabra blanda. ¡Pero, mira! Las claras estrellas se desvanecen. ¡Oh rosa! Notas gorjeando respuesta. Castilla. Ya quiebra el albor.
Tintín tintín en calesín tintineante.
Resonó la moneda. Campaneó el reloj.
Confesión. Sonnez. No podría. Rebote de liga. Dejarte.
Chasquido. La cloche. Chascar muslo. Confesión. Caliente. ¡Amor mío, adiós!
Tintín. Bloo.

Y aquí la de García Tortosa y Venegas Lagüéns (11. 1-25):

Bronce junto a oro oyeron ferrocascos, aceradosonantes.
Impertintrit insolentnt.
Lascas, arrancando lascas de la uña rocosa del pulgar, lascas.
¡Horrible! Y oro enrojeció más.
Una áspera notapífano sopló.
Sopló. Brotebloom añil en el.
Auripináculo pelo.
Una rosa saltarina sobre satinado busto de raso, rosa de Castilla.
Trinando, trinando: Idolores.
¡Pío! ¿Quién anda en el... piodoro?
Tilín clamó por bronce con pena.
Y una llamada, pura, larga y vibrante. Llamada demuertelenta.
Cimbel. Suave palabra. Pero mira: las brillantes estrellas se disipan. Notas que gorgorean respuesta.
¡Oh, rosa! Castilla. Despunta el alba.
Calesintineo tintineo se oreaba tintineando.
La moneda sonó. El reloj tabaleaba.
Revelación. Sonnez. No podría. Rebote de liga. Dejarte. ¡Zas!
La cloche! Zas en el muslo. Revelación. Cálido. ¡Amor mío, adiós!
Tintineo. Bloo.

Frente a los múltiples juegos de palabras del irlandés, a sus onomatopeyas, aliteraciones, paronomasias, etc., cada traductor al castellano ofrece sus mejores aproximaciones, pero no dejan de ser aproximaciones porque no pueden ser otra cosa.
Fragmento 2 (PG: 280):

O, look we are so! Chamber music. Could make a kind of pun on that. It is a kind of music I often thought when she. Acoustics that is. Tinkling. Empty vessels make most noise. Because the acoustics, the resonance changes according as the weight of the water is equal to the law of falling water. Like those rhapsodies of Liszt's, Hungarian, gipsyeyed. Pearls. Drops. Rain. Diddleiddle addleaddle ooddleooddle. Hissss. Now. Maybe now. Before.

García Tortosa y Venegas Lagüéns (11. 1275-1283) traducen así:

¡Vaya! ¡Mira así somos! Música de cámara. Podría hacer una especie de retruécano con eso. Es una especie de música en la que pensaba a menudo cuando ella. Acústica es eso. Tintilinteando. Vasijas vacías las que más ruido hacen. Por la acústica, la resonancia cambia en la medida en que el peso del agua es conforme a la ley de la caída del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaro, de ojos agitanados. Perlas. Go­tas. Lluvia. Tirilin laralara luruluru. Sisssseo. Ahora. A lo me­jor ahora. Antes.

Valverde (I,438), en cambio, traduce:

¡Ah, mire, estamos tan! Música de cámara. Original, orinal. Se podría hacer un juego de palabras con eso. Es una clase de música en que pienso muchas veces cuando ella. La acústica, es lo que pasa. Tintineo. Los cacharros vacíos son los que hacen más ruido. Porque la acústica, la resonancia cambia según que el peso del agua es igual a la ley de gravitación del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaras, ojos gitanos. Perlas. Gotas. Lluvia. Plinplin plinplin planplan plon plon plon. Ssss. Ahora. Quizá ahora. Antes.

No puede negarse que este «original, orinal» de Valverde resulta bastante clarificador, aunque, a la luz del texto inglés, Joyce no pretenda mostrar tan explícita evidencia de que el origen de esa «música de cámara» sea el choque del pis de Molly contra el metal del bacín. La opción de Valverde es única, puesto que tampoco Salas Subirat había encontrado un orinal o un bacín por ningún lado (mi primer apunte a la traducción del argentino, de los dos anunciados arriba).
Fragmento 3 (PG: 351):

And she tickled tiny tot's two cheeks to make him forget and played here's the lord mayor, here's his two horses, here's his gingerbread carriage and here he walks in, chinchopper, chinchopper, chinchopper chin. But Edy got as cross as two sticks about him getting his own way like that from everyone always petting him.

¿Cómo acercar al lector en castellano a este juego infantil con que seguramente los papás irlandeses arrancan la risa de sus bebés? Valverde (I, 530) intenta una traducción más literal:

Y le hizo cosquillas al bebé en los dos carrillos para hacerle olvidar y jugó a aquí viene el alcalde, aquí los dos caballos, aquí la carroza de bizcocho y aquí viene él andando, tintipitín, tintipitín, tintipitín tintán. Pero Edy se puso hecha una furia porque el otro se salía con la suya así y todo el mundo le tenía mimado.

En cambio, García Tortosa y Venegas Lagüéns (13. 342-447) se decantan por transcribir la versión del equivalente jueguecito en castellano:

 Y le cosquilleó al nenito en las mejillas a ver si se olvidaba y jugó con él al éste puso un huevo, éste lo frió, éste le echó la sal, éste lo probó y este pícaro gordo se lo comió, se lo co­mió, se lo comió. Pero Edy se puso como un demonio por­que siempre tenía que hacer su real gana porque todo el mundo lo mimaba.

Fragmento 4 (PG: 382), ejemplo de prosa de época por parte de Joyce:

Some man that wayfaring was stood by housedoor at night's oncoming. Of Israel's folk was that man that on earth wandering far had fared. Stark ruth of man his errand that him lone led till that house.
Of that house A. Horne is lord. Seventy beds keeps he there teeming mothers are wont that they lie for to thole and bring forth bairns hale so God's angel to Mary quoth. Watchers tway there walk, white sisters in ward sleepless. Smarts they still, sickness soothing: in twelve moons thrice an hundred. Truest bedthanes they twain are, for Horne holding wariest ward.

Valverde (II, 23-24) pretende pegarse a la literalidad del texto, pero, eso sí, modernizándolo:

Algún hombre que de camino iba se paró junto al umbral al caer la noche. Del pueblo de Israel era aquel hombre que errando por la tierra tanto había caminado. Pura bondad humana su sola misión le había llevado a él hasta esa casa.
De esa casa A. Horne es señor. Setenta camas tiene él allí donde las madres fecundas suelen acudir a yacer para sufrir y dar a luz retoños recios así el ángel de Dios anunció a María. Custodias son las que allí andan, blancas hermanas en insomne hospital. Escozores apaciguan suavizando enfermedad: en doce lunas tres veces ciento. Fidelísimas servidoras de lecho son todas a una, para Horne velando las velas con gran vigilancia.

Pero García Tortosa y Venegas Lagüéns (14. 96-107) prefieren, en cambio, ofrecer una adaptación a nuestra cultura literaria:

Un omne que de camino sedía cabo la puorta detenido se hubo ca la noche se llegava. De la yente de Israel aquel omne era qui so la tierra andudiera aluen et enderredor. Por volun­tad e de grado solo habíase llegado fasta aquella morada.
Daquella morada A. Horne era el señor. Setenta camas allí guarece de madres plenas do costumnan a yazer pora soffrir e encaescer rezios ninnos ansí el ángel de Dios a María dixe­ra. Dúes coidadoras por allí andieron, blancas iermanas en aluergue espierto. Escocimientos ellas calman, aquexamien­tos assessegan: en doce lunas tres vezes un ciento. Fideles de cama alacayas ellas ados son, pora Horne endereçan lazrado aluergue.

Fragmento 5 (PG: 409) y último:

Bridie! Bridie Kelly! He will never forget the name, ever remember the night: first night, the bridenight. They are entwined in nethermost darkness, the willer with the willed, and in an instant (fiat!) light shall flood the world. Did heart leap to heart? Nay, fair reader. In a breath 'twas done but—hold! Back! It must not be! In terror the poor girl flees away through the murk. She is the bride of darkness, a daughter of night. She dare not bear the sunnygolden babe of day. No, Leopold. Name and memory solace thee not. That youthful illusion of thy strength was taken from thee—and in vain. No son of thy loins is by thee. There is none now to be for Leopold, what Leopold was for Rudolph.

Valverde (II, 58-59) se refiere a una «bella lectora», así como antes Salas Subirat había escrito una «amable lectora» (el segundo de mis apuntes prometidos):

¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará él su nombre, siempre recordará la noche, la primera noche, la noche nupcial. Están entrelazados en la más densa tiniebla, el deseante y la deseada, y en un momento (¡fiat!) la luz inundará el mundo. ¿Saltó el corazón al encuentro del corazón? No, bella lectora. En un momento se hizo pero… ¡alto! ¡Atrás! ¡No ha de ser! Aterrorizada, la pobre muchacha huye a través de la tiniebla. Es la esposa de la oscuridad, una hija de la noche. No se atreve a concebir el niño del día, áureo de sol. ¡No, Leopold! Ni nombre ni recuerdo te consuelan. Esa ilusión juvenil de tu energía se te quitó y en vano. Ningún hijo de tus lomos está a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopold lo que Leopold fue para Rudolph.

García Tortosa y Venegas Lagüéns (14. 1453-1466) hablan, por el contrario, de un «amable lector»:

¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bo­das. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante (fiat!) la luz inun­dará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro cora­zón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consu­mado pero—¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la po­bre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la car­ga del niño soláureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.

 Continuará