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domingo, 24 de mayo de 2020


Amigos y amigas de la resistencia:

Si creyera en algún Dios capaz de permitir y justificar el sufrimiento de los inocentes, tales como niños y discapacitados, por ejemplo, me dedicaría a escapar de casa para asistir furtivamente a los templos de mi ciudad y rogarle con unción que pusiera punto final a la maldita plaga bíblica del coronavirus. O acudiría a los templos virtuales, de la televisión o de la radio, para rezar, rezar, rezar y pedirle que terminara de una vez con la pandemia y nos permitiera a los humanos proseguir nuestro viaje por estos pagos con los habituales contratiempos.
Pero no, no soy creyente; así que prefiero invertir mi tiempo durante el confinamiento en degustar las creaciones humanas de la literatura y el arte. Precisamente, yo creo que ellas existen porque Dios no existe.
Pues bien, puestos a saborear aquellas obras más extraordinarias creadas por los humanos, se me ha ocurrido que esta encerrona forzada nos proporciona una oportunidad de oro para introducirnos en una de las novelas más importantes de la historia de la literatura universal: Ulises, de James Joyce.
Hace años, publiqué La «Odisea» en el «Ulises». Se trata de un trabajo, en parte ensayístico y en parte épico-lírico, en el que, además de una introducción en la que doy cuenta de los entresijos de su elaboración, comento algunos aspectos clave de la obra de Joyce. Pero, sobre todo, trato de recrear, en dieciocho episodios, uno por cada capítulo del Ulises, aquellos pasajes de la Odisea que inspiraron directamente a Joyce.
Creo humildemente que La «Odisea» en el «Ulises» puede contribuir a una mejor comprensión de la novela del genial irlandés. Pretendo, pues, desde este blog, poner a vuestra disposición mi citado libro, y voy a hacerlo en catorce entregas, cinco con el trabajo de introducción y nueve con los episodios recreados. ¡Ojalá así aporte mi grano de arena para que llevéis mejor esta suerte de arresto domiciliario a que la naturaleza nos tiene sometidos!
Abajo os voy dejando las diferentes entregas ordenadas de la más reciente a la más antigua. ¡Suerte y salud, amigos y amigas de la resistencia!












viernes, 22 de mayo de 2020



La Odisea en el Ulises (7)



Episodio 3: Proteo
(GT: 128-169, 247-281, 424-490, 598-603, 619-622)



También fue el prudente Telémaco a Lacedemonia para recabar del rubio Menelao noticias de su padre, y el rey, que vivía en su palacio junto a su esposa Helena, la de largo peplo, y junto a su hijo, el fuerte Megapentes, lo recibió con gran hospitalidad, y lo agasajó con comida y lecho.
Al cabo, y ante los requerimientos que Telémaco le hiciera, el glorioso Menelao, valiente en la pelea, le relató cómo, retenido él en Egipto por los dioses y veinte días en la isla de Faro, hubo de recurrir al egipcio Proteo, el veraz anciano de los mares, para averiguar cómo volver a su tierra.
El inmortal Proteo era hijo de Poseidón, a quien le cuidaba sus rebaños de focas.
Dios del mar, cada mediodía, Proteo abandonaba sus aguas oscuras para contar sus focas y dormitar al abrigo de una gruta.
Dios del mar, acudían entonces a él los marinos y los pescadores, porque deseaban conocer el futuro, y lo molestaban y no lo dejaban en paz porque querían saber, necesitaban saber.
Dios del mar, había desarrollado, para evitarlos, una cualidad digna sólo de su condición: aprendió a cambiar de aspecto, a metamorfosearse en todos los reptiles de la tierra, en agua o en fuego violento, o en cualquier tipo de fiera o dragón, y de esa manera los asustaba y dejaban de importunarlo.
Dios del mar, sabría seguramente la ruta que debería seguir Menelao para regresar a su patria, y conocería asimismo el paradero del infortunado Ulises y su imposibilidad de volver a Ítaca, la patria tierra, por no disponer de naves con remos ni de compañeros.
Entonces, por consejo de la hija de Proteo, Menelao y los suyos, ocultándose bajo unas pieles de focas, esperaron la llegada del dios y que se durmiera, sujetándolo luego de manera que, como de nada le valieran sus sucesivas transfiguraciones, se vio obligado a responder a cuantas preguntas le formularon.
Por consejo, pues, de la hija de Proteo, Menelao y los suyos lograron averiguar su camino de regreso y también que Ulises se hallaba en una isla del ponto retenido a la fuerza por la ninfa Calipso.
Finalmente, el rubio rey, su esposa Helena y su hijo Megapentes agasajaron a Telémaco y lo colmaron de regalos antes de que prosiguiera su viaje.
Mientras, la discreta Penélope, acosada por los malvados pretendientes, se quejaba amargamente a sus esclavas de que ninguna la hubiera avisado de la partida de su hijo.
Todo eso fue así, según lo cantó el aedo.



Pasadas las diez de la mañana, mientras te diriges a la playa para hacer tiempo hasta la cita con tus compañeros, dudas si visitar o no a tu tía, Stephen Dedalus, y escuchas las campanas de diferentes iglesias que anuncian seguramente la metamorfosis, como las de Proteo, del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, o que un clerigalla empuña la custodia con «ojos de basilisco», y luego recuerdas el tiempo que pasaste en París, convencido de que allí ibas a hacer maravillas, pero de donde sólo te trajiste unas revistas y el telegrama de tu padre con el que te avisaba de que tu madre se estaba muriendo.
¡Cómo se empeñarían Mulligan y su tía en acusarte de que tú fuiste la causa de su muerte!
No obstante, fue precisamente en París donde conociste al impresor Kevin Egan y a su hijo Patrice, pero no a su mujer, separados como estaban, y si París fuera Lacedemonia, ellos se corresponderían con Menelao, Megapentes y Helena; y con los dos te juntabas a comer y a beber en los bares de Montmartre.
Ya en la playa, observas al perro de un hombre y una mujer, «rojos egipcios» los llamas.
Lo ves correr y olisquear, y te lo imaginas metamorfoseado en macho cabrío que ladra a las olas como morsas o aullando ante los mariscadores, en oso sobre sus patas traseras, con una lengua de lobo, o en ternero al galope, o en leopardo o pantera mientras hoza en la arena como un carroñero, al tiempo que las imágenes captadas por tus ojos y depositadas en tu cerebro se transmutan caprichosas en otras cargadas de erotismo y alimentadas por la presencia de la mujer egipcia.
Luego, se te antoja sugerente la metamorfosis de las algas en seres animados, con brazos y refajo, y hasta llegas a pensar que «Dios se hace hombre se hace pez se hace barnacla se hace montaña plumón».
¡Proteicas metamorfosis de todo cuanto ves, oyes o imaginas!





Episodio 4: Calipso
(GT: 1-27, 88-103, 190-208, 235-240, 261-272, 297-314, 334-352, 411-416, 485-491, 612-614)



Desdichado el paciente Ulises, que sufrió la pérdida de sus compañeros y que, flotando en una quilla, fue empujado por los vientos y las olas a la isla de Calipso, la ninfa de lindas trenzas y hermosa voz, quien lo retuvo prisionero durante siete años porque se enamoró de él y quiso hacerle su esposo, y le ofreció la juventud eterna y la inmortalidad, a cambio de su amor.
Desdichado el prudente Ulises, que se vio obligado a yacer con la bella ninfa en su cueva, sin amarla, cada noche de los siete años en que ella lo forzó a acompañarla, para entregarle su amor de divina entre las diosas.
Desdichado el afligido Ulises, que durante aquellos siete años no dejó ni un solo día de llorar por regresar a su patria, junto a su esposa continuamente añorada.
Afortunado, sin embargo, el divino Ulises, fecundo en ardides, que abandonó la isla en una balsa porque los dioses obligaron a Calipso a facilitarle herramientas y madera para fabricarla, y alimentos y bebidas para la navegación.
Mas otra vez desdichado el infortunado Ulises, porque, ya en medio del ponto, Poseidón, que ciñe la tierra, no tuvo piedad de él y desató una fragorosa tormenta que lo hizo naufragar en su camino de regreso.
Pero afortunado, al final, Ulises, fecundo en ardides, que al cabo de los veinte años de separarse de Penélope, divina entre las mujeres, consiguió amarla de nuevo y, en su mismo lecho, contarle su tragedia con Calipso, aunque siempre ocultándole de qué manera la ninfa se le entregó cada noche que permaneció a su lado.
Desaparecido Homero, alguien cantaría en la Telegonía los amores de Ulises con Calídice, la reina de los tesprotos, dada la supuesta infidelidad, pero increíble, ¡increíble, del todo increíble!, infidelidad de Penélope.



También tú, Leopold Bloom, judío irlandés de treinta y ocho años, agente publicitario, álter ego asimismo de tu creador maduro, casado con Molly, tu Penélope, ¡qué más quisieras!, te echas a la calle, como el joven Dedalus, pasadas las ocho de la mañana de ese mismo jueves, dieciséis de junio de mil novecientos cuatro, para regalarte un desayuno con riñón de cerdo incluido, y te vas sin la llave, tú sin la llave, igual que el joven Dedalus, y compruebas si continúa escondida bajo la cinta de tu sombrero la tarjeta para retirar de la estafeta de correos la carta de tu amante epistolar, de la que nada le dices a Molly, como tampoco Ulises le desveló a Penélope los entresijos de sus relaciones con Calipso.
Así te acercas a la salchichería de Dlugacz, y allí coincides con una vecinita de «vigorosas caderas», a la que te propones seguir mientras regreses a casa por primera vez en el día.
Por la calle lees el anuncio de una compañía de colonos judíos en Palestina, lo que te lleva a evocar las tierras baldías de un mar muerto y su gente, «la más antigua de las razas», vagando errante «de cautiverio en cautiverio» en busca de Sión, acaso como Ulises intentando el regreso a su Ítaca, o como tú vuelves ahora a la tuya junto a Molly, a la que nada comentas tampoco, por supuesto, de los «jamones rebullentes» de la vecinita; pero a cambio, cuando, al subirle el desayuno al dormitorio, le entregas la carta de su promotor Boylan, que ella lee a escondidas, te conformas con su explicación, la de que «va a traer el programa», aunque tú sepas a ciencia cierta que es uno de sus amantes, y que a la postre es la verdadera razón que te va a impulsar a deambular todo el día de hoy por las calles de la ciudad para no encontrártelo en tu casa, como un usurpador.
Porque en el fondo quieres a tu esposa, la amas aunque no hayas tenido relaciones sexuales con ella desde la muerte de vuestro hijito, la admiras, y si te pregunta acerca del significado de la palabra metempsícosis, tú le explicas que significa reencarnación, y buscas un ejemplo, y te fijas en la lámina que hay encima de la cama y que reproduce El baño de la ninfa, y piensas que ambas, la ninfa de la lámina y Molly, se parecen, ¿o no es acaso Molly para ti como la reencarnación de una ninfa?
También es verdad que, cuando sales a tu jardín, miras a la casa de al lado, por si ves de nuevo a la vecinita que te ha encandilado como una Calídice sedujera a Ulises en la Telegonía.
¿Por qué Molly te es infiel y tú vas a ser menos, aunque sea con la mirada y con el pensamiento?
Tal vez, porque eso es tu matrimonio, Bloom, un cúmulo de infidelidades silenciadas, pero asumidas.

Continuará

lunes, 11 de mayo de 2020


La Odisea en el Ulises (6)

 

Episodio 1: Telémaco
(GT: 1-114, 465-565, 871-908)



¡Ah, pobre Telémaco, hijo del paciente Ulises que salió de su patria para combatir a los troyanos, dejando al anciano Méntor, pastor de hombres, al cuidado de su hacienda!
¡Pobre Telémaco, que, aconsejado por la diosa Atenea, la de ojos de lechuza, abandonó la casa paterna que los despreciables pretendientes de la discreta Penélope, su madre, habían usurpado, para buscar noticias de su padre, para dar con él, si es que aún vivía!
Y se fue a otras tierras, mirando de vez en cuando hacia atrás con ira, maldiciendo a aquellos seres taimados que pretendían hacerse con todas las riquezas de su padre y suplantarlo en su lecho matrimonial, y doblegar la fidelísima voluntad de su madre, que había resistido, no obstante, sus acometidas durante tres años, tejiendo de día y destejiendo de noche la mortaja de su suegro.
Sí, el joven y deiforme Telémaco salió de su casa para buscar a su padre, pero no avisó a su madre.
Sí, el joven Telémaco, que tanto quiso de niño a su padre Ulises, ahora desearía, con toda su alma, que no hubiera muerto, y encontrarlo y que regresara con él para matar a los malditos usurpadores de su hogar, de su palacio, de su lecho, el peor de los cuales, el más arrogante de todos ellos, era sin duda Antínoo, y por eso Telémaco partió del lado de su madre y la dejó, en realidad, acosada por cuantos devoraban la hacienda de Ulises.



¡Ay!, joven Stephen Dedalus, de veintidós años y álter ego de tu creador cuando también él era joven, y que, según Buck Mulligan, te negaste a cumplir la última voluntad de tu madre en su lecho de muerte por tu «condenada vena jesuítica, sólo que inyectada al revés», cuando te pidió que te arrodillaras a rezar junto a ella, que no la dejaras morir así, ¿quién te asegura que, en este dieciséis de junio de mil novecientos cuatro, que inicias a las ocho de la mañana y que se trata de un día cualquiera en tu Dublín natal, no vas a echarte a la calle, como Telémaco, aunque no en busca precisamente de tu padre, como él?
¿Quién te dice que, en la práctica, no vas a ser expulsado del torreón en que vives, es decir, de tu propia casa, por aquellos con quienes lo compartes, Mulligan y Haines?
El uno es tan despreciable como Antínoo, se mofa de todo y te hiere en lo más profundo al acusarte de no haber atendido la última voluntad de tu madre moribunda, y con el otro no quieres seguir compartiendo morada porque no soportas sus desvaríos nocturnos, y por eso manifiestas a Mulligan tu intención de largarte si él se queda.
Es verdad que Mulligan paga parte de la cuenta de la vieja lechera que aparece como una mensajera, como una criatura inmortal, como una Atenea tal vez, solícita como un Méntor o como un Mentes cuya forma adoptara la diosa de ojos de lechuza, y que, aunque os alegra el desayuno con su leche e incluso os fía porque el florín de Mulligan no alcanza para abonarle la semana que le debéis, a ti se te antoja una bruja vil de tetas secas, de la que te sientes despreciado, y por la que, a instancias de Mulligan, habrás de echarte a la calle para buscar el dinero con que terminar de saldar la deuda, y también el dinero con que «beber y solazarse» el resto del día.
Y, una vez en la calle, tal y como temías, ambos, mientras se bañan en la ensenada, te piden las llaves del torreón, unas llaves que son tuyas porque tú pagas el alquiler, y que, sin embargo, Mulligan te reclama igual que te acaba de exigir que vayas a tu escuela y vuelvas de ella con dinero, igual que te piden incluso dos peniques para una cerveza, porque «Aquel que roba al pobre le presta al Señor», que dijo Zaratustra, según Mulligan.
La conclusión a la que llegas es dramática: no podrás volver por la noche a tu casa.
Pero es esa «cabeza parda y lustrosa, la de una foca, allá aden­tro en el agua, redonda», probablemente la de Malachi Mulligan (Má-la-chi Mú-lli-gan: dác-ti-lo, dác-ti-lo), la que te sugiere la palabra que sintetiza todos tus infortunios presentes: «Usurpador».





Episodio 2: Néstor
(GT: 150-213, 473-511)



¿Y cómo no iba a acudir el prudente Telémaco a Pilos, donde reinaba el anciano Néstor, domador de caballos, que había gobernado a tres generaciones, el que sobresalió en todas las luchas, en todas las batallas, uno de los grandes protagonistas de la historia, que, por eso, conocía bien?
¿Cómo no acudir a él, que vivía con sus hijos, entre ellos Pisístrato, príncipe de hombres, de su misma edad, y que mostraría su prudencia y equidad al ofrecerle antes la copa al acompañante de Telémaco por ser mayor?
¿Cómo no acudir al sabio anciano para que le dijera qué noticias tenía de su padre, si estaba vivo y de vuelta a casa, o si estaba muerto y cómo fue su muerte?
Sin embargo, Ulises se hallaba perdido en la historia de los veinte años que llevaba lejos de su hijo, en la de los dos lustros transcurridos desde que los aqueos vencieran a los troyanos tras una guerra larga y cruenta por causa de Helena, en ese eterno vagar por aguas y tierras extrañas, cuajadas de mil y un peligros, empeñado, como andaba, en regresar a Ítaca, su patria y su reino, donde lo esperaba también la paciente y discreta Penélope.



Por eso, Stephen Dedalus, afirmas que «la historia es una pesadilla de la que intento despertar», y lo haces frente al intolerante Mr. Deasy, que sabe tanta historia como Néstor, historia de la Grecia antigua, de cuando «por una mujer que no era más que una mujer, Helena, la esposa fugada de Menelao, durante diez años los griegos hicieron la guerra a Troya», y de la Irlanda medieval, y de la Irlanda más reciente, pero que está convencido de que «toda la historia humana se dirige hacia una gran meta, la manifestación de Dios», mientras que para ti Dios no parece sino el grito de un niño en la calle, o el de la esposa de Mr. Deasy, en quien seguramente él piensa cuando culpa a la mujer de introducir el pecado en el mundo.
Pero tú no has acudido ante el misógino y antisemita Mr. Deasy cerca de las diez de la mañana para que te hable de historia, aunque él lo hace, ni para preguntarle por el paradero de tu padre, no; tú has ido a él porque dirige el colegio, ¡cual domador de caballos!, en el que impartes tus clases de historia y literatura, y en el que, a veces, como ahora, debes atender a algún alumno más retrasado, por ejemplo a Sargent, quien, con la discreción de un Pisístrato, te pide ayuda para resolver los problemas de aritmética que aún no comprende, aunque lo haya intentado antes con Mr. Deasy, por ser mayor que tú y poseer presuntamente más conocimientos, y que te recuerda, este Sargent, a ti cuando tenías su edad; dirige el colegio, pues, Mr. Deasy y de él esperas que te pague tu salario.
Te lo paga, claro está, y luego, emulando malamente al Néstor de Homero porque también ha visto tres generaciones, te larga consejos sin medida sobre historia y sobre el ahorro, y también te endilga un artículo acerca de la fiebre aftosa para que, a través de tus amigos, intentes publicárselo en algún periódico.

Continuará

martes, 5 de mayo de 2020


Introducción sinfónica (5)

He aquí, en consecuencia, el verdadero problema para conocer con exactitud, a partir de las traducciones, el texto del maestro irlandés: ¡verterlo fiel y literalmente al castellano es imposible! Y no tenemos más alternativas que, una, acudir a Valverde y echar mano de García Tortosa y Venegas Lagüéns, e incluso fisgando al mismo tiempo por las páginas de la traducción digitalizada de Salas Subirat, o, la otra, aprender inglés hasta controlar las posibilidades lúdicas de su fonética, sus variantes irlandesas, sus peculiaridades dublinesas, sus argots, y sus manifestaciones medievales, renacentistas o barrocas. Personalmente, prefiero habérmelas con Valverde, García Tortosa y Venegas Lagüéns, o con Salas Subirat, porque, además, ya no me quedan años de vida para otra cosa, ni aun resistiendo como lo hicieran Pepín Bello, Francisco Ayala o Santiago Carrillo, ni tampoco me siento con redaños suficientes como para morir en el intento.
Así que, desde aquí, doy las gracias a estos maestros traductores que me permiten abordar el trabajo que ahora, a poco de finalizar este presente continuo de que disfruto, he logrado por fin rematar, tras un verano vil y traicionero, que nos ha vapuleado, a mí y a mucha más gente, con sus rigores en lo más crudo de nuestras heridas, existenciales o físicas. Y agradezco de verdad a los jardineros de mi parque que consiguen hacer del mismo un pequeño islote edénico, cuyo aire, refrescado por el sonido del agua y purificado por el olor de la hierba, recogido cada mañana en impacientes bocanadas por mis pulmones deseosos de vivir junto al mar, me ayuda a afrontar las torturas del termómetro en este secarral en que han dado mis huesos.
Y, ¡cómo no!, dedico mil besos a mi hija Marcella, que, desde tan lejos, y con ese parecido tan asombroso que tiene con su bella madre, a quien, como decía mi abuela, «Dios la haiga perdonao», me ha enseñado que, en esto de la informática, hay que abrir bien los ojos; solo que los míos son un tanto pitirrosos, que ya me lo advertía la golfa de su madre, y no dan más de sí porque los años han menguado mi elasticidad.


POSDATA:
Finalmente, y por fortuna, he conseguido una edición impresa de la traducción de José Salas Subirat. Se trata de la publicada en Buenos Aires, en 2009, por Pluma y Papel Ediciones, con introducción de Germán García y biografía de Joyce a cargo de Jacques Mercanton. Pero he preferido no tocar ya la «Introducción sinfónica».
Sin embargo, a estas alturas de la vida, mi ejemplar de Bruguera-Lumen continúa sin ser rehabilitado: ¡el maestro Valverde me perdone!
¡Ah! Y en mi librería favorita se hicieron, ¡cómo no!, con un ejemplar para mí de El «Ulises» de James Joyce, de Stuart Gilbert, con prólogo de Juan Benet y traducción de Manuel de la Escalera, publicado en Bilbao, en 1971, por Siglo xxi de España Editores.



lunes, 20 de abril de 2020


Introducción sinfónica (4)

A continuación, los fragmentos prometidos dos párrafos arriba:
Fragmento 1 (PG: 241):

Bronze by gold heard the hoofirons, steelyringing.
Imperthnthn thnthnthn.
Chips, picking chips off rocky thumbnail, chips.
Horrid! And gold flushed more.
A husky fifenote blew.
Blew. Blue bloom is on the.
Goldpinnacled hair.
A jumping rose on satiny breast of satin, rose of Castile.
Trilling, trilling: Idolores.
Peep! Who's in the... peepofgold?
Tink cried to bronze in pity.
And a call, pure, long and throbbing. Longindying call.
Decoy. Soft word. But look: the bright stars fade. Notes chirruping answer.
O rose! Castile. The morn is breaking.
Jingle jingle jaunted jingling.
Coin rang. Clock clacked.
Avowal. Sonnez. I could. Rebound of garter. Not leave thee. Smack. La cloche! Thigh smack. Avowal. Warm. Sweetheart, goodbye!
Jingle. Bloo.

La traducción de José Mª Valverde (I, 403) es como sigue:

Bronce junto a Oro, oyeron los herrados cascos, resonando aceleradamente.
Impertintín tntntn.
Astillas, sacando astillas de pétrea uña de pulgar, astillas.
¡Horror! Y Oro se ruborizó más.
Una ronca nota de pífano sonó.
Sopló. Bloom, flor azul hay en él.
Pelo de oro en pináculo.
Una rosa brincante en sedoso seno de raso, rosa de Castilla.
Trinando, trinando: Aydolores.
¡Cu-cú! ¿Quién está en el… cucudeoro?
Tinc clamó a Bronce compasiva.
Y una llamada, pura, larga y palpitante. Llamada lentaenmorir.
Señuelo. Palabra blanda. ¡Pero, mira! Las claras estrellas se desvanecen. ¡Oh rosa! Notas gorjeando respuesta. Castilla. Ya quiebra el albor.
Tintín tintín en calesín tintineante.
Resonó la moneda. Campaneó el reloj.
Confesión. Sonnez. No podría. Rebote de liga. Dejarte.
Chasquido. La cloche. Chascar muslo. Confesión. Caliente. ¡Amor mío, adiós!
Tintín. Bloo.

Y aquí la de García Tortosa y Venegas Lagüéns (11. 1-25):

Bronce junto a oro oyeron ferrocascos, aceradosonantes.
Impertintrit insolentnt.
Lascas, arrancando lascas de la uña rocosa del pulgar, lascas.
¡Horrible! Y oro enrojeció más.
Una áspera notapífano sopló.
Sopló. Brotebloom añil en el.
Auripináculo pelo.
Una rosa saltarina sobre satinado busto de raso, rosa de Castilla.
Trinando, trinando: Idolores.
¡Pío! ¿Quién anda en el... piodoro?
Tilín clamó por bronce con pena.
Y una llamada, pura, larga y vibrante. Llamada demuertelenta.
Cimbel. Suave palabra. Pero mira: las brillantes estrellas se disipan. Notas que gorgorean respuesta.
¡Oh, rosa! Castilla. Despunta el alba.
Calesintineo tintineo se oreaba tintineando.
La moneda sonó. El reloj tabaleaba.
Revelación. Sonnez. No podría. Rebote de liga. Dejarte. ¡Zas!
La cloche! Zas en el muslo. Revelación. Cálido. ¡Amor mío, adiós!
Tintineo. Bloo.

Frente a los múltiples juegos de palabras del irlandés, a sus onomatopeyas, aliteraciones, paronomasias, etc., cada traductor al castellano ofrece sus mejores aproximaciones, pero no dejan de ser aproximaciones porque no pueden ser otra cosa.
Fragmento 2 (PG: 280):

O, look we are so! Chamber music. Could make a kind of pun on that. It is a kind of music I often thought when she. Acoustics that is. Tinkling. Empty vessels make most noise. Because the acoustics, the resonance changes according as the weight of the water is equal to the law of falling water. Like those rhapsodies of Liszt's, Hungarian, gipsyeyed. Pearls. Drops. Rain. Diddleiddle addleaddle ooddleooddle. Hissss. Now. Maybe now. Before.

García Tortosa y Venegas Lagüéns (11. 1275-1283) traducen así:

¡Vaya! ¡Mira así somos! Música de cámara. Podría hacer una especie de retruécano con eso. Es una especie de música en la que pensaba a menudo cuando ella. Acústica es eso. Tintilinteando. Vasijas vacías las que más ruido hacen. Por la acústica, la resonancia cambia en la medida en que el peso del agua es conforme a la ley de la caída del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaro, de ojos agitanados. Perlas. Go­tas. Lluvia. Tirilin laralara luruluru. Sisssseo. Ahora. A lo me­jor ahora. Antes.

Valverde (I,438), en cambio, traduce:

¡Ah, mire, estamos tan! Música de cámara. Original, orinal. Se podría hacer un juego de palabras con eso. Es una clase de música en que pienso muchas veces cuando ella. La acústica, es lo que pasa. Tintineo. Los cacharros vacíos son los que hacen más ruido. Porque la acústica, la resonancia cambia según que el peso del agua es igual a la ley de gravitación del agua. Como esas rapsodias de Liszt, húngaras, ojos gitanos. Perlas. Gotas. Lluvia. Plinplin plinplin planplan plon plon plon. Ssss. Ahora. Quizá ahora. Antes.

No puede negarse que este «original, orinal» de Valverde resulta bastante clarificador, aunque, a la luz del texto inglés, Joyce no pretenda mostrar tan explícita evidencia de que el origen de esa «música de cámara» sea el choque del pis de Molly contra el metal del bacín. La opción de Valverde es única, puesto que tampoco Salas Subirat había encontrado un orinal o un bacín por ningún lado (mi primer apunte a la traducción del argentino, de los dos anunciados arriba).
Fragmento 3 (PG: 351):

And she tickled tiny tot's two cheeks to make him forget and played here's the lord mayor, here's his two horses, here's his gingerbread carriage and here he walks in, chinchopper, chinchopper, chinchopper chin. But Edy got as cross as two sticks about him getting his own way like that from everyone always petting him.

¿Cómo acercar al lector en castellano a este juego infantil con que seguramente los papás irlandeses arrancan la risa de sus bebés? Valverde (I, 530) intenta una traducción más literal:

Y le hizo cosquillas al bebé en los dos carrillos para hacerle olvidar y jugó a aquí viene el alcalde, aquí los dos caballos, aquí la carroza de bizcocho y aquí viene él andando, tintipitín, tintipitín, tintipitín tintán. Pero Edy se puso hecha una furia porque el otro se salía con la suya así y todo el mundo le tenía mimado.

En cambio, García Tortosa y Venegas Lagüéns (13. 342-447) se decantan por transcribir la versión del equivalente jueguecito en castellano:

 Y le cosquilleó al nenito en las mejillas a ver si se olvidaba y jugó con él al éste puso un huevo, éste lo frió, éste le echó la sal, éste lo probó y este pícaro gordo se lo comió, se lo co­mió, se lo comió. Pero Edy se puso como un demonio por­que siempre tenía que hacer su real gana porque todo el mundo lo mimaba.

Fragmento 4 (PG: 382), ejemplo de prosa de época por parte de Joyce:

Some man that wayfaring was stood by housedoor at night's oncoming. Of Israel's folk was that man that on earth wandering far had fared. Stark ruth of man his errand that him lone led till that house.
Of that house A. Horne is lord. Seventy beds keeps he there teeming mothers are wont that they lie for to thole and bring forth bairns hale so God's angel to Mary quoth. Watchers tway there walk, white sisters in ward sleepless. Smarts they still, sickness soothing: in twelve moons thrice an hundred. Truest bedthanes they twain are, for Horne holding wariest ward.

Valverde (II, 23-24) pretende pegarse a la literalidad del texto, pero, eso sí, modernizándolo:

Algún hombre que de camino iba se paró junto al umbral al caer la noche. Del pueblo de Israel era aquel hombre que errando por la tierra tanto había caminado. Pura bondad humana su sola misión le había llevado a él hasta esa casa.
De esa casa A. Horne es señor. Setenta camas tiene él allí donde las madres fecundas suelen acudir a yacer para sufrir y dar a luz retoños recios así el ángel de Dios anunció a María. Custodias son las que allí andan, blancas hermanas en insomne hospital. Escozores apaciguan suavizando enfermedad: en doce lunas tres veces ciento. Fidelísimas servidoras de lecho son todas a una, para Horne velando las velas con gran vigilancia.

Pero García Tortosa y Venegas Lagüéns (14. 96-107) prefieren, en cambio, ofrecer una adaptación a nuestra cultura literaria:

Un omne que de camino sedía cabo la puorta detenido se hubo ca la noche se llegava. De la yente de Israel aquel omne era qui so la tierra andudiera aluen et enderredor. Por volun­tad e de grado solo habíase llegado fasta aquella morada.
Daquella morada A. Horne era el señor. Setenta camas allí guarece de madres plenas do costumnan a yazer pora soffrir e encaescer rezios ninnos ansí el ángel de Dios a María dixe­ra. Dúes coidadoras por allí andieron, blancas iermanas en aluergue espierto. Escocimientos ellas calman, aquexamien­tos assessegan: en doce lunas tres vezes un ciento. Fideles de cama alacayas ellas ados son, pora Horne endereçan lazrado aluergue.

Fragmento 5 (PG: 409) y último:

Bridie! Bridie Kelly! He will never forget the name, ever remember the night: first night, the bridenight. They are entwined in nethermost darkness, the willer with the willed, and in an instant (fiat!) light shall flood the world. Did heart leap to heart? Nay, fair reader. In a breath 'twas done but—hold! Back! It must not be! In terror the poor girl flees away through the murk. She is the bride of darkness, a daughter of night. She dare not bear the sunnygolden babe of day. No, Leopold. Name and memory solace thee not. That youthful illusion of thy strength was taken from thee—and in vain. No son of thy loins is by thee. There is none now to be for Leopold, what Leopold was for Rudolph.

Valverde (II, 58-59) se refiere a una «bella lectora», así como antes Salas Subirat había escrito una «amable lectora» (el segundo de mis apuntes prometidos):

¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará él su nombre, siempre recordará la noche, la primera noche, la noche nupcial. Están entrelazados en la más densa tiniebla, el deseante y la deseada, y en un momento (¡fiat!) la luz inundará el mundo. ¿Saltó el corazón al encuentro del corazón? No, bella lectora. En un momento se hizo pero… ¡alto! ¡Atrás! ¡No ha de ser! Aterrorizada, la pobre muchacha huye a través de la tiniebla. Es la esposa de la oscuridad, una hija de la noche. No se atreve a concebir el niño del día, áureo de sol. ¡No, Leopold! Ni nombre ni recuerdo te consuelan. Esa ilusión juvenil de tu energía se te quitó y en vano. Ningún hijo de tus lomos está a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopold lo que Leopold fue para Rudolph.

García Tortosa y Venegas Lagüéns (14. 1453-1466) hablan, por el contrario, de un «amable lector»:

¡Bridie! ¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bo­das. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante (fiat!) la luz inun­dará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro cora­zón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consu­mado pero—¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la po­bre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la car­ga del niño soláureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.

 Continuará