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jueves, 1 de marzo de 2012

DE MAYO A MAYO O ABRIL

«Asambleas...». Viajeros bajo el alfarje del salón mudéjar... «Puerta del Sol... noche...». Arcos de herradura, entrecruzados, polilobulados..., redes de rombos, celosías, alicatados... «Lluvia...». La marquesina de hierro los protege del agua y del viento... evoca el modernismo de los años felices... El vapor de la locomotora que inunda el andén... evoca..., evoca... Y un espía, un agente secreto, esquiva a la Gestapo... «Portavoz...». Monet y su estación de Saint-Lazare... «Doce del mediodía... se reunirá...». Es tiempo de paz, sin embargo, de libre ejercicio de los derechos civiles... «Comisiones... sí... esta madrugada...». Sonríe él, sonríe ella, se miran. Las entradillas de los artículos de la prensa exhibida en el quiosco, prohibido «ojear» las revistas, insuflan emoción en sus corazones, sesenta y tres años cabalgando el de él, veintiséis el de ella. Se animan y se entienden con los codos, ¿se gastarán por ojearlas?, ya está en la vía 2, vámonos. Salvan sin problema sus mochilas el arco de control, los bigotes de los guardias de seguridad, sus mentones desafiantes, sus entrecejos de uniforme y pistola al cinto, fruncidos o menos fruncidos, o así los recuerda él cuando los recuerda, pasa ella sin novedad, se dispara con él el timbrazo, ¡alarma!, lo miran los guardias, serán las llaves, ¡las llaves!, claro, las llaves que deposita en la bandeja, y lo intenta otra vez, nuevo timbrazo, ¡más alarma!, ¡ah, el interés con que los guardias le radiografían el rostro curtido, el pecho canoso, las piernas lampiñas, las manos algo ajadas!, ¡no!, ¿será el pink republicano?, y el pink republicano que le regaló ella el último 19 de marzo cae en la bandeja, y ahora sí, no hay sospechas, recoja sus cosas, gracias.
Caminan hacia el tercer vagón. Delante, un hombre bastante mayor que él, de unos setenta y muchos, bolso en bandolera, puede que con pijama, útiles de aseo, muda limpia, lleva de la mano a un niño y a una niña, de diez y cuatro quizá, o de once y cinco, el chico en el uso de la razón, pues, irracional aún la chica, hasta los siete años no se adquiere el uso de la razón, les decía don Jesús en primero del viejo bachillerato elemental, tendría él entonces la misma edad que el nietecito que los antecede.
Suben al vagón, primero el abuelo con sus nietos, no hay duda, abuelo y nietos, luego ellos dos, ella delante, él detrás, protector, mochilero a sus años y dispuesto a sumarse a la protesta, a apoyar la rebelión de las conciencias, la defensa de la ética, y ella busca sus asientos, aquí, y le pide a él que se acomode primero, déjame el pasillo, ¿no prefieres la ventanilla?, ya no pacen las vacas, ni espantan moscas los borricos, pero el campo está verde todavía, y hay amapolas rojas, margaritas, flores amarillas de retama, como un óleo, pasa, pasa tú, que me agobia el espacio y prefiero el pasillo, como quieras.
Colocan sus mochilas en el maletero y se sientan. No va muy lleno el ave. Los asientos fronteros siguen vacíos cuando el tren arranca. Junto a ellos, el abuelo con sus nietos, tampoco hay nadie a su lado. El viejo tiene un rostro amable, venerable incluso, y el contraste con el de los guardias abre una falla enorme entre los rostros, y no es que el del revisor sea mucho más amable: frío, automático, lineal. Todo en orden, y el ave surca los campos a una velocidad endiablada que no perciben los viajeros. No hay ruidos periódicos, no hay movimientos bruscos, ni sobresaltos, sino una estela incolora y transparente, el vuelo velocísimo del tiempo que se acorta como un placer, que se contrae como un sueño feliz, en un par de horas estaremos en Atocha, y en la Puerta del Sol, sí, rodeados por los furgones de la policía, sí, bajo las lonas del campamento, si nos dejan pasar, si no lo han disuelto, no se atreven, son carne de su carne, ¡no lo dirás por ti!, son sangre de su sangre, no pueden cargar sobre ellos, ¡depende!, ¡si ven peligrar el sistema!, ¿te parezco yo un antisistema?, ¡hombre, tú precisamente...!
La niña pregunta al abuelo si falta mucho para llegar a Madrid, estoy aburrida, cállate tú, mocosa, ¡vamos, vamos!, Elenita, ¿es que no quieres ver a mamá?, sí quiero, pero me aburro, ¡mocosa!, Javi, no te metas con tu hermana, ¡es que me pone de los nervios!, bueno, bueno, ¡quiero ver a mi mamá!, a eso vamos, hija, a eso vamos, a verla al hospital, ¿y por qué está en el hospital?, porque está malita, ¿muy, muy malita?, no, mucho no, pero tiene que estar allí unos días, y ella le da en el codo a él, ¿se va a poner bien?, ¡claro que sí, mocosa!, ¡Javi!, ¡es que, abuelo..., esta niña!, ¿y papá, por qué no viene también?, porque está trabajando, hija, y no puede faltar, ¿y por qué no puede faltar?, él le da en el codo a ella, porque si falta, lo echan, ¿te enteras, mocosa?, ¡que lo echan y tú te quedas sin helado!, ¿te enteras?, ¡te quedas tú sin helado, tonto!, bueno, bueno, tenéis que portaros bien, para que mamá y papá estén contentos con vosotros, lo que no entiendo, abuelo, es por qué papá no ha seguido trabajando en Madrid, pues, hijo, porque en la empresa le dijeron que, si quería seguir con ellos, tenía que ser fuera de Madrid, ¡haberlos mandado a freír monas!, si tu padre hace eso, se hubiera quedado sin trabajo, ella se vuelve a él, le musita que lo quiere, hay mucha gente esperando que echen a alguien para hacerse con su puesto, ¿y yo voy a tener trabajo cuando sea mayor?, tú, cariño, te vas a comer el mundo con esa carita tan preciosa que te han dado tus padres, ¡qué guapo eres, abuelo, cuánto te quiero!, ¡pelota!, el abuelo palmea cariñoso la rodilla de la niña, él le musita que también la quiere, y estira las piernas por debajo del asiento de enfrente, y el esqueleto, mira al abuelo, a ver si sois capaces de hacer el ruido del tren, él cruza los brazos, ella coloca las piernas sobre el asiento que tiene delante, apoya la cabeza sobre el hombro izquierdo de él, entorna sus párpados, el abuelo levanta las manos, él lo mira oblicuamente, los niños abren los ojos de par en par, y los oídos, despliegan sus orejas, la niña sonríe, ¡eso lo hago yo!, exclama el niño, no creas que es tan fácil, pon atención, el abuelo golpea con las palmas de sus manos muslo izquierdo, muslo derecho, pectoral izquierdo, pectoral derecho, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!, y repite los golpes acelerando poco a poco el ritmo, ¿no oís el tren?, ¿el tren?, dice el niño, ¡el tren no suena así!, dice la niña, ¡cómo que no!, dice el abuelo, él percibe a través de su hombro derecho que la cabeza de ella yace ya desmadejada, cierra entonces los ojos, relaja los músculos de la cara, sigue divertido las rítmicas y aceleradas palmadas del abuelo, él sí reconoce el familiar y entrañable ruido del tren, se adormece, el niño intenta imitar al abuelo, pero no lo consigue, este hermoso traqueteo, tra-que-te-o, que lo acuna, ¡el ave no sueña, abuelo!,  mientras los días pasan, los meses pasan, pasan los años como los postes del telégrafo, ¡abuelito, otra vez!, se escucha muy lejos, esos postes que en su niñez parecían viajar en dirección contraria y a gran velocidad, ¡cómo corren los postes, tío!, se contaba que decía un loco, como que yo la próxima vez me subo a uno, que es más barato, le contestaba otro.
¡Plaf-plaf-plaf-plaf! una y otra vez: tra-que-te-o, tra-que-te-o, tra-que-te-o. Aquel delicioso traqueteo que mecía sus inquietudes después de meses corriendo delante de los guardias, ¡a la calle, que ya es hora...!, y que finalmente te permitía, a ti, porque eras tú, comenzar a rozar la Historia con las yemas de los dedos. Invertiste casi todos tus ahorros en el billete. Empezaste el viaje en la Estación del Norte y lo finalizaste en la de Austerlitz. Fue un viaje largo, muy largo. Pesado, con sabor a carbonilla y a lata de conserva. Aún recuerdas el color de latón que tenía el aire, como el de un sextante, como el de las campanillas y los silbatos con que tu tren anunciaba a los viajeros sus maniobras, hasta que atravesaste sin contratiempos la frontera. Desconocías cuándo la franquearías de nuevo en sentido contrario. ¿Días después, meses, acaso años? No lo sabías, porque aquel mayo abría para ti un camino apetecible, pero incierto, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!, harías la revolución con que siempre soñaste desde que iniciaste tus estudios de historia y que estaba reclamando tu presencia en las calles de París, en las aulas de la Sorbona, junto a la joven Silvie que habías conocido entre las olas del último verano, vente a París, esto va a ser la revolución, se palpa en las calles y en la universidad, vente a París, y cogiste el tren al día siguiente para viajar a París, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!, para vivir con Silvie el hervidero del Barrio Latino y embriagarte con los intensos debates del Odeón o de los patios clasicistas de la Sorbona, y prendar tus ojos y tu respiración del tremolar rojo y negro de los trapos que pretendían cambiar el mundo, enardecerte con las soflamas largadas en el francés de Brassens, mais les brav´s gens n´aiment pas que l´on suive une autre route q´eux, manifestarte luego con Silvie sobre tus anchos hombros, fuerte tú y atlético, ella dulce y ligera como un poema de amor, sobrevolando la revuelta, tu rostro sonriente entre sus muslos, un grito de protesta en sus labios. La fotografía fue portada de periódicos y revistas del mundo entero, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!, aún la conservas, qué joven tú, moreno, nariz recta y ojos castaños, suéter a caja, bohemio, qué guapa ella, rubia, pelo corto, la Jean Seberg del primer Godard, pantalón ceñido, camiseta a rayas, tra-que-te-o, tra-que-te-o, tra-que-te-o, ¡jo, no puedo, abuelo!, ¡es que eres tonta, mira, aprende!, cantinela infantil, qué guapa es aún, ¡tú tampoco puedes, rabia, tú tampoco puedes, rabia, rabiña!, ¡a que te doy un sopapo!, ¡hale, hale!, que ya llegamos, y él abre poco a poco los ojos, los altavoces anuncian la última parada, estación de Atocha, Renfe les desea que hayan tenido un buen viaje, ¡eh!, despierta, que hemos llegado, se despereza ella, ¡uf!, qué corto se me ha hecho, me siento como nueva, ¿dispuesta a todo?, dispuesta a todo, ¿y tú?, me duelen las cervicales.
El tren se detiene por fin, sus puertas se abren, ellos cargan sus mochilas, él con leve gesto de contrariedad, bajan del vagón tras el abuelo y los nietos, pero ahora los adelantan enseguida en el andén porque la impaciencia de incorporarse cuanto antes a la protesta eleva sus pies sobre las losas, suben por las escaleras mecánicas, ella escalando los peldaños de dos en dos para avanzar más, él, menos ágil, dejándose llevar, atraviesan el hall de la estación, el microclima de sus patios, ganan la salida que da a Santa María de la Cabeza, en frente el Reina Sofía, cruzan raudos los pasos de peatones, surcan las aceras, embocan la calle Atocha, continúan por ella hasta la plaza de Jacinto Benavente, bajan por Carretas y desembocan en Sol, abigarrada y joven, clamor de protesta, ¡oé, oé, oé, la llaman democracia y no lo es!, isla de utopía, henchidos los pechos de él y de ella, ella le da la mano y tira de él para abrirse paso entre la multitud apretada, desea, quieren ambos, zambullirse en la plaza para empaparse de todo cuanto allí acontece, aprovechando alguno de los ríos humanos que discurren de sur a norte, de este a oeste, guardería a la izquierda, le pesan los hombros, debate sobre feminismo a la derecha, o sobre la ley electoral, o sobre la tasa Tobin, barra de refrescos gratis para todos, o le duelen, ¡el botellón no es la solución!, jóvenes pulverizando agua en los rostros de los asistentes para aliviar el agobio térmico bajo los toldos, azules, transparentes, solidarios, ¡de-mo-cra-cia!, ¡de-mo-cra-cia!, cua-tro-pul-sos, cua-tro-pul-sos, que es el ruido de las viejas locomotoras, un compás de cuatro pulsos, el mismo que remedaba hasta hace poco el abuelo del tren ante sus nietos, palmada en muslo izquierdo, palmada en muslo derecho, palmada en pectoral izquierdo, palmada en pectoral derecho, un tren está arrancando hacia el futuro, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!, y tú cierras los ojos porque sientes que una imagen poderosa, en un blanco y negro de cuando aún ni constituías un proyecto, puja por emerger desde el fondo de tu cerebro, por ganar la superficie de tu alma, como si se tratara de un alma tridimensional capaz de revelarte aquel halo de esperanza que con tal precisión supo captar la cámara de Alfonso, Puerta del Sol, catorce de abril, una nube blanquecina alumbrando aquel glaciar humano, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!, que desde la Carrera de San Jerónimo irrumpe en la plaza y recorta las siluetas de los líderes, bandera tricolor, gorras y sombreros, chaquetas encorbatadas y pechos descamisados, padres e hijos, novios y novias, abuelos y nietos, hermanas y hermanos, amigos, vecinos, compañeros en la fábrica o en el tajo, en la oficina o en el mostrador, en el ateneo o en el instituto, en los surcos o en el pasto de las lomas de Vallecas, ¡plaf-plaf-plaf-plaf!
No abres los ojos, aún no. Ahora no escuchas el ¡plaf-plaf-plaf-plaf! del abuelo sobre muslos y pechos, pero prefieres continuar imaginando su presencia en los asientos de al lado, ni oyes el traqueteo de las ruedas sobre los rieles, ni el bufido de la locomotora, porque el ave es plano, serenamente plano. Te retrepas en el asiento y no percibes sobre ti el dulce peso de la cabeza de tu hija, porque ella se ha quedado acampada en Sol, mientras que tú has desistido finalmente de hacerlo en la certeza de que tus huesos, anda, papá, tú vuélvete con mamá, que no vas a aguantar, y es verdad, que te duelen los huesos, que una lacerante contractura te agarrota los hombros y el cuello, que te falta el resuello, en la certeza, pues, de que tus huesos no hubieran soportado una noche en lecho duro, y en la suposición de que alguien, Silvie tal vez, te echaría de menos en la cama de tu dormitorio para festejar con su amor, a pesar de haberte recriminado la locura de viajar a Madrid, ¡a tus años!, la luz de esta primavera, la de la otra y la de la otra, Silvie encaramada sobre tus hombros, expulsada de ti la maldita contractura, tus manos aferradas a sus piernas para que no se rompan las decenas de fotogra­fías que darán, como entonces, la vuelta al mundo en las portadas de los periódicos, con tal de que no se violenten las tomas de vídeo que se colarán en los telediarios de todas las televisiones, enmarcada tu sonrisa entre sus muslos, dibujando sus labios un grito de protesta contra la democracia adulterada.
Cuando finalmente el ave se detiene, la conciencia de que, por el momento, el sueño ha terminado lo empuja a incorporarse, a recuperar su mochila, menos abultada esta vez porque el saco de dormir se lo ha quedado ella para este colega que no tiene saco, a recorrer el pasillo solitario del vagón y a salir por la puerta que lo conducirá hacia la calle. Silvie le sonríe desde el otro lado de la verja y su madura belleza se le antoja tan evocadora y estimulante como la palabra «revolución».
–Ya sabía yo que no te atreverías con la acampada. ¡Estás demasiado viejo para veleidades revolucionarias! Pero te quiero igual, o más, y no te preocupes, que me he traído el coche para que no tengas que andar mucho, que vendrás cansado. Te he preparado una buena cena y un baño relajante, y te voy a hacer el amor con música de Dylan, como en París, para que hoy te sientas Puerta del Sol.

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