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jueves, 9 de julio de 2020


La Odisea en el Ulises (6)

 

Episodio 1: Telémaco
(GT: 1-114, 465-565, 871-908)



¡Ah, pobre Telémaco, hijo del paciente Ulises que salió de su patria para combatir a los troyanos, dejando al anciano Méntor, pastor de hombres, al cuidado de su hacienda!
¡Pobre Telémaco, que, aconsejado por la diosa Atenea, la de ojos de lechuza, abandonó la casa paterna que los despreciables pretendientes de la discreta Penélope, su madre, habían usurpado, para buscar noticias de su padre, para dar con él, si es que aún vivía!
Y se fue a otras tierras, mirando de vez en cuando hacia atrás con ira, maldiciendo a aquellos seres taimados que pretendían hacerse con todas las riquezas de su padre y suplantarlo en su lecho matrimonial, y doblegar la fidelísima voluntad de su madre, que había resistido, no obstante, sus acometidas durante tres años, tejiendo de día y destejiendo de noche la mortaja de su suegro.
Sí, el joven y deiforme Telémaco salió de su casa para buscar a su padre, pero no avisó a su madre.
Sí, el joven Telémaco, que tanto quiso de niño a su padre Ulises, ahora desearía, con toda su alma, que no hubiera muerto, y encontrarlo y que regresara con él para matar a los malditos usurpadores de su hogar, de su palacio, de su lecho, el peor de los cuales, el más arrogante de todos ellos, era sin duda Antínoo, y por eso Telémaco partió del lado de su madre y la dejó, en realidad, acosada por cuantos devoraban la hacienda de Ulises.



¡Ay!, joven Stephen Dedalus, de veintidós años y álter ego de tu creador cuando también él era joven, y que, según Buck Mulligan, te negaste a cumplir la última voluntad de tu madre en su lecho de muerte por tu «condenada vena jesuítica, sólo que inyectada al revés», cuando te pidió que te arrodillaras a rezar junto a ella, que no la dejaras morir así, ¿quién te asegura que, en este dieciséis de junio de mil novecientos cuatro, que inicias a las ocho de la mañana y que se trata de un día cualquiera en tu Dublín natal, no vas a echarte a la calle, como Telémaco, aunque no en busca precisamente de tu padre, como él?
¿Quién te dice que, en la práctica, no vas a ser expulsado del torreón en que vives, es decir, de tu propia casa, por aquellos con quienes lo compartes, Mulligan y Haines?
El uno es tan despreciable como Antínoo, se mofa de todo y te hiere en lo más profundo al acusarte de no haber atendido la última voluntad de tu madre moribunda, y con el otro no quieres seguir compartiendo morada porque no soportas sus desvaríos nocturnos, y por eso manifiestas a Mulligan tu intención de largarte si él se queda.
Es verdad que Mulligan paga parte de la cuenta de la vieja lechera que aparece como una mensajera, como una criatura inmortal, como una Atenea tal vez, solícita como un Méntor o como un Mentes cuya forma adoptara la diosa de ojos de lechuza, y que, aunque os alegra el desayuno con su leche e incluso os fía porque el florín de Mulligan no alcanza para abonarle la semana que le debéis, a ti se te antoja una bruja vil de tetas secas, de la que te sientes despreciado, y por la que, a instancias de Mulligan, habrás de echarte a la calle para buscar el dinero con que terminar de saldar la deuda, y también el dinero con que «beber y solazarse» el resto del día.
Y, una vez en la calle, tal y como temías, ambos, mientras se bañan en la ensenada, te piden las llaves del torreón, unas llaves que son tuyas porque tú pagas el alquiler, y que, sin embargo, Mulligan te reclama igual que te acaba de exigir que vayas a tu escuela y vuelvas de ella con dinero, igual que te piden incluso dos peniques para una cerveza, porque «Aquel que roba al pobre le presta al Señor», que dijo Zaratustra, según Mulligan.
La conclusión a la que llegas es dramática: no podrás volver por la noche a tu casa.
Pero es esa «cabeza parda y lustrosa, la de una foca, allá aden­tro en el agua, redonda», probablemente la de Malachi Mulligan (Má-la-chi Mú-lli-gan: dác-ti-lo, dác-ti-lo), la que te sugiere la palabra que sintetiza todos tus infortunios presentes: «Usurpador».





Episodio 2: Néstor
(GT: 150-213, 473-511)



¿Y cómo no iba a acudir el prudente Telémaco a Pilos, donde reinaba el anciano Néstor, domador de caballos, que había gobernado a tres generaciones, el que sobresalió en todas las luchas, en todas las batallas, uno de los grandes protagonistas de la historia, que, por eso, conocía bien?
¿Cómo no acudir a él, que vivía con sus hijos, entre ellos Pisístrato, príncipe de hombres, de su misma edad, y que mostraría su prudencia y equidad al ofrecerle antes la copa al acompañante de Telémaco por ser mayor?
¿Cómo no acudir al sabio anciano para que le dijera qué noticias tenía de su padre, si estaba vivo y de vuelta a casa, o si estaba muerto y cómo fue su muerte?
Sin embargo, Ulises se hallaba perdido en la historia de los veinte años que llevaba lejos de su hijo, en la de los dos lustros transcurridos desde que los aqueos vencieran a los troyanos tras una guerra larga y cruenta por causa de Helena, en ese eterno vagar por aguas y tierras extrañas, cuajadas de mil y un peligros, empeñado, como andaba, en regresar a Ítaca, su patria y su reino, donde lo esperaba también la paciente y discreta Penélope.



Por eso, Stephen Dedalus, afirmas que «la historia es una pesadilla de la que intento despertar», y lo haces frente al intolerante Mr. Deasy, que sabe tanta historia como Néstor, historia de la Grecia antigua, de cuando «por una mujer que no era más que una mujer, Helena, la esposa fugada de Menelao, durante diez años los griegos hicieron la guerra a Troya», y de la Irlanda medieval, y de la Irlanda más reciente, pero que está convencido de que «toda la historia humana se dirige hacia una gran meta, la manifestación de Dios», mientras que para ti Dios no parece sino el grito de un niño en la calle, o el de la esposa de Mr. Deasy, en quien seguramente él piensa cuando culpa a la mujer de introducir el pecado en el mundo.
Pero tú no has acudido ante el misógino y antisemita Mr. Deasy cerca de las diez de la mañana para que te hable de historia, aunque él lo hace, ni para preguntarle por el paradero de tu padre, no; tú has ido a él porque dirige el colegio, ¡cual domador de caballos!, en el que impartes tus clases de historia y literatura, y en el que, a veces, como ahora, debes atender a algún alumno más retrasado, por ejemplo a Sargent, quien, con la discreción de un Pisístrato, te pide ayuda para resolver los problemas de aritmética que aún no comprende, aunque lo haya intentado antes con Mr. Deasy, por ser mayor que tú y poseer presuntamente más conocimientos, y que te recuerda, este Sargent, a ti cuando tenías su edad; dirige el colegio, pues, Mr. Deasy y de él esperas que te pague tu salario.
Te lo paga, claro está, y luego, emulando malamente al Néstor de Homero porque también ha visto tres generaciones, te larga consejos sin medida sobre historia y sobre el ahorro, y también te endilga un artículo acerca de la fiebre aftosa para que, a través de tus amigos, intentes publicárselo en algún periódico.

Continuará

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